Primer Premio en el Concurso del ICP 2009

GINÉS MULERO CAPARRÓS

 

Nacido en Barcelona (España), es profesor de Lengua Castellana y licenciado en Geografía e Historia. En su currículum literario constan una treintena de primeros premios en España, Estados Unidos, Francia, Italia, Méjico, Argentina, Uruguay…; más de una centena en total con segundos, terceros y finalistas. Siendo el más prestigioso el IX Concurso Internacional “Querido Borges” que le otorgaron en Hollywood (California). Publicamos a continuación su obra premiada en primer lugar en el XVIII Concurso de Narración del Instituto de Cultura Peruana de Miami.

 

 

EL BRILLO DEL ATAÚD

 

Nuestro gran tormento en la vida proviene de que estamos solos y todos nuestros actos y esfuerzos tienden a huir de esa soledad. Guy de Maupassant.

Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera. Pablo Neruda.

 

El alfarero espera a la noche para salir con su carretilla y su pala cruzada a la espalda. Se siente como un ladrón por salir a hurtadillas, con la capa de la oscuridad como aliada. El alfarero tiene sus años, su pensión no le da para subsistir y sigue trabajando bajo la luz de un candil modelando el barro para hacer porrones y vasijas que vende en un puesto de carreteras sin pagar impuestos, con el miedo encaramado a los ojos: no quiere que le descubran y que el subsidio misérrimo se vaya a hacer puñetas por un chivatazo inopinado, la gente del pueblo tiene a veces una lengua desbocada. Tantas cosas se le han ido al garete en la vida… Por eso sale disfrazado de mendigo, con una capucha raída por las ratas, con una camisa de pana mordida por el tiempo, con unos pantalones de pana arañados por la suciedad, arrastrando el metal pesado: un muerto de carretilla. El camino hasta el lodazal no es largo, pero la artritis le lleva desasosegado, hasta tal punto, que no se sabe quién tira de qué o qué tira de quién. El viejo ha vigilado la casa baja y desvencijada de enfrente. Mala noche ésta para salir agazapado: hay ojos que brillan como luciérnagas y se clavan en la negrura como espadas de luz. La viejecita de enfrente tiene un velatorio y por su casa han pasado a mansalva familiares y allegados. Su marido se ha muerto de tuberculosis; extraña enfermedad para morir en estos tiempos modernos. Era un campesino honrado y bonachón, pero entre ellos no se hablaban, un día lo decidieron así y hasta el día de hoy... Todo el pueblo pasa en procesión haciendo los honores finales a la viuda. Hay un silencio que destroza los oídos. Sólo alguna plañidera estrella de vez en cuando su llanto hipado contra los muros interiores, pero es amortiguado por familiares que ruegan silencio, como si el apócrifo llorar fuera un pecado venial. El viejo alfarero teme que chirríen las ruedas y recorta la respiración, intentando almohadillar el ruido de su montacargas. Huele a heno, muchos pueblos lindantes huelen también a heno, otros a estiércol, con tanta granja. Nuestro alfarero piensa que aún tiene una oportunidad y eso le hace acelerar el paso por el sendero pedregoso. Ramas afiladas le rasgan el rostro arrugado haciéndole grietas sangrientas, pero no le importa, se siente un guerrero anticuado que todavía puede, a pesar de los años, conquistar. El viejo alfarero no puede llevar linternas: no quiere ser descubierto robando la tierra mojada de todos, junto a la marisma. Podría llegar al sitio a ciegas, ha recorrido mil veces el laberinto arenoso. Jadea. Ya no se ve la casa de su amor de tantos años. Se para a respirar. Quiere mirar al cielo para coger aliento, la espesura le impide ver las estrellas, pero puede recuperar el resuello. Se mira las uñas llenas de barro antiguo, sus manos parecen de lodo, sus botas están sucias de cieno. Avanza, trastabillándose, pero avanza. Se siente un hombre de barro, con la pesadez que tiene esa materia prima, pero avanza. Le lloran los ojos ancianos, le lloran y le brillan. Ve turbio, pero avanza. Le queda una, sólo una oportunidad, y la tiene que aprovechar. Cuando llega al lodazal lo inspecciona. Elige el barro húmedo de mejor calidad y hunde la pala como si entrara en la mantequilla. La urgencia le hace cavar sin descanso hasta que piensa que tiene suficiente lodo para su obra, no necesita abusar del oro marrón. Oye el siseo de una serpiente de agua. El croar de unas ranas. El viento que corta como cuchilla de afeitar. Huye apesadumbrado, tirando de la carreta con vehemencia. Cree desfallecer y sigue arrastrando, exhausto. Saca fuerzas de donde no la hay: del fondo de su alma. La carreta se queda atascada. Piensa que no la podrá sacar, que ahí se acabará su odisea, su sueño, su esperanza. Escarba como un poseso con las uñas en la tierra mojada. Una y otra vez. Inútil. Llora con lágrimas de cenagal. Se siente impotente, roto como uno de sus jarrones mal cocido, un desastre de la naturaleza. Se sienta destrozado, sin darse cuenta de la humedad del charco, sin notar las angulosas piedrecillas que le aguijonean las nalgas. No puede rendirse así. Coloca un tronco bajo las ruedas y empuja desgarrándose la piel de las manos. No le importan las llagas, no quiere perder el último resquicio de vida que imagina que le queda. Consigue extraer la carretilla con la futura pieza de arte que ahora mismo es un amasijo de tierra y agua. Vuelve destrozado y aún le queda todo el trabajo por hacer. Entra en su casa y quiere pensar que no le ha visto nadie. Se enjuaga las manos para empezar su obra. Suda copiosamente. Da gracias al santísimo por haberle dado fuerzas y permitirle salir de una muerte segura, porque si no conseguía regalarle a la viejecita de enfrente su deseo de barro, su corazón, dejaría de latir. Había esperado tanto tiempo, tiempo de silencio, de morderse la lengua… El viejo alfarero se sentó en su taburete frente al torno. Pisó el pedal como si fuera el acelerador de un coche. Acarició el barro con las dos manos mientras rodaba y lo sintió como si modelara algodón. Siguió pedaleando y acariciando una hora, dos, toda la noche, hasta estar satisfecho con su obra. Empezaba a amanecer triste: estaba nublado, una llovizna finísima empezaba a caer como quién no quiere la cosa, la atmósfera era grisácea… Nuestro alfarero hizo una tapa preciosa para la vasija. Dibujo con precisión en el barro unas figuras abstractas con un temple de precisión sublime. Miró el reloj biológico de su corazón: latía desaforado, pero eso no impedía que sus dedos se movieran con una excelsa pulcritud. Con un escalpelo repasó el bajorrelieve. Colocó la mejor pieza de artesanía que había hecho en su vida en el horno. Desquiciado, esperó que se horneara. Abrasándose las manos la extrajo y la pintó de negro. Con un pincel de pelo de caballo la barnizó para que brillara con su mejor esplendor. Con una ternura indescriptible la puso en el patio techado para que se enfriara con la baja temperatura medioambiental. Se duchó con la desazón de un jovenzuelo enamorado, embadurnándose al final de agua de colonia. Se ajustó el nudo de la corbata negra sobre la camisa blanca, la única que tenía de lycra. Se engalanó con su traje negro, el exclusivo de los entierros. Y salió de su taller con su ataúd de barro. Conocía (ya se sabe cómo funcionan los rumores en muchos pueblos pequeños), que el viejo de enfrente que le había robado su amor hacía más de cincuenta años quería que lo incineraran. El alfarero anduvo los treinta metros que le separaban de la ilusión, del renacimiento propio, aguantando una lluvia que se había hecho espesa. Entró por primera vez en la casa desvencijada de su amor secreto. La vio enlutada, pero preciosa. Preciosa y con las lágrimas detenidas en medio de las mejillas. Ella le miró con una sonrisa triste y tímida, pero sonrisa al fin y al cabo.

            –Le acompaño a Usted en el sentimiento –y le ofreció un viejo anillo de compromiso camuflado, en la base de la urna.     

 

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TRIUNFADOR EN EL CONCURSO LITERARIO 2008
XVII Concurso de Poesía y Narración en homenaje
al poeta peruano Nicomedes Santa Cruz Gamarra


PRIMER PREMIO EN NARRACIÓN
 
(VER RESULTADOS DE CONCURSO LITERARIO DE POESÍA)

OSCAR MEDINA CASTRO

Nació en México en 1978. Estudió filosofía en la Universidad Panamericana. Trabaja en la Secretaria de Comunicaciones y Transportes de México, D.F., donde su función se concreta a atender los alcances del programa piloto, referente a la apertura del Autotransporte Internacional de Carga. El relato que publicamos a continuación obtuvo el primer lugar en nuestro concurso del 2008.


YO, EL FIDAIYIN

“No hay otro dios sino Dios y Muhammad es su mensajero”

La loa del medio día había concluido. Y yo, al estar en el vestidor para calzarme mis sandalias de hoja de palma e irme, el ulema, Abdullah, me mandó a llamar para felicitarme por el gran progreso obtenido en mis estudios de la shari’ah. Así pues, con clara alegría en el semblante, me invitó a pasar hacia un pequeño salón para comer arroz bismati mezclado con trozos de carne de cabra, un par de deliciosas zambusas y beber una copa rebosante con leche fresca de camella. Durante la comida estuvimos en completo silencio. Al concluir el platillo principal, me pasó un gran canasto de mimbre repleto de dulces dátiles, olivos y alfóncigos. Repentinamente, rompiendo la incómoda calma, habló con euforia: “Ijwan El Muslimin tiene grandes planes para ti como premio por tu esfuerzo y dedicación a Allah, el señor absoluto”. Se paró de su taburete y tomó sobre un atril su hadith. Parado, dando la espalda al occidente, hojeó algunas páginas amarillentas hasta detenerse en algún dicho. Recitó con armonía las palabras del profeta y después me pidió retirarme y cavilar durante la semana sobre lo escuchado.

Los días pasaron siéndome imposible descifrar el mensaje. Dentro de la excelsa mezquita de Azhar, al término de la alabanza, nuevamente fui requerido por el ulema, pero en esta ocasión no había comida, no había silencio y no estábamos solos. El mollah, sin presentarse, me informó las buenas nuevas. Yo era el candidato ideal para cumplir con la disposición de Allah, el ilimitado. Se escuchó su fuerte voz y observándome fijamente a los ojos manifestó: “Ahora vete y alégrate pues eres desde ahora un mahdi”.

Al salir del lugar de oración, la gente se congregó a mí alrededor e iniciaron a vitorear una y otra vez ¡Alaho Akbar! ¡Alaho Akbar!, pues la multitud me consideró una nueva esperanza. Escapé como pude de allí y me dirigí a mi hogar. En el camino, no paraba de meditar sobre la perturbante noticia, y no por negarme a realizar el propósito de Allah, el inmenso. Mi preocupación se centraba en dejar desamparada a mi pobre madre. La muy desdichada había perdido ambas piernas al pisar una mina antipersonal, y mi padre hacía más de cinco años de haberse alistado como muyahidin, y desde entonces no sabíamos nada de él. Además, yo estaba muy enamorado de Sagal Yabril, ya hasta tenía lista la dote para pedirla en matrimonio: tres chivos, dos corderos, un camello y varias mantas de fina seda traídas desde Siria.

Al llegar a casa desconcertado, inmediatamente planteé la situación a mi adorada viejecita, y a ella, se le entristecieron sus aceitunados ojos pero no lloró. Sostuvo su noble Corán con ambas manos y con palabras inquebrantables exclamó: “¡Que así sea la voluntad de Allah, el altísimo!”

Salí corriendo de mi vivienda aún con la incertidumbre y protesté: ¡el precepto de Allah es amar a tu prójimo! Continué meditando a través de los maltrechos caminos rumbo al bazar para encontrarme con Sagal. La vi, la tomé con ternura de sus suaves y largas manos y comenté lo sucedido. Y a ella, se le nublaron sus amielados ojos pero no hubo llanto. Sacó de un burdo manto su noble Corán y con un lenguaje íntegro dijo: “¡Que así sea la voluntad de Allah, el encumbrado!” Me escabullí furioso entre la multitud, pues esperaba de ella su disuasión. Alcé mis brazos en plegaria y grité: ¡el mandato de Allah es ser misericordioso y sensitivo!

Regresé a la madrasa de Osman para cumplir con el Asr. Al terminar, me acerqué con timidez al ulema, bajé sumiso mi mirada y manifesté mi desacuerdo balbuceando: sabio estudioso, éstos no son los medios como Allah quiere expandir su palabra. Y a él, se le afligieron sus almendrados ojos pero no derramó lágrimas. Abrió su noble Corán como en búsqueda de una aleya y con términos firmes expresó: “¡Que así sea la voluntad de Allah, el indulgente!” Me desvanecí del lugar de oración, me arrojé en el polvoriento suelo y prorrumpí: ¡La resolución de Allah es ser perdonador y compasivo!

A la mañana siguiente respondí al llamado del almuédano al convocar desde el alminar, me postré y recitando el noble Corán me convencí de llevar a cabo según la voluntad de Allah, el infalible. Unos toquidos arrítmicos perturbaron mi rezo y al abrir a la puerta, allí estaba una docena de hermanos musulmanes fuertemente armados y encapuchados. Me llevaron a una retirada construcción en escombros que servía como cuartel, y al llegar todas las personas presentes me felicitaron. Fui conducido a un amplio cuarto brillante con las paredes tapizadas de cuadros mal colgados de algunos ayatolas a quienes reconocí de inmediato. Se me invitó a sentarme sobre una afelpada alfombra iraní de frente a una vieja tele incapaz de recibir alguna señal alentadora del mundo exterior. Un tipo forcejeó por un rato con el televisor y al finalizar salió de la habitación. Me dejó viendo un video sobre el testimonio de otros compañeros militantes. Toda una inspiración para nuevas generaciones. Me quedé dormido del cansancio y del estrés. Al día siguiente, sin siquiera desayunar, se me daba un sin fin de indicaciones. En ese mismo momento mi cuerpo era forrado por potentes explosivos. Al finalizar, se me condujo debajo de una bandera y me pidieron recitar la “Sura de la Prohibición”. De reojo veía a una temible persona con tupida y negra barba filmarme.

Al llegar a unas cuadras de mi objetivo, el conductor sin voltear habló: “Reza a tu señor y ofrécete en sacrificio. Recuerda, tu muerte no será en vano, Allah te premiará con el reino de las huríes.” Al comenzar a caminar, sustraje del bolso mí pequeño noble Corán, se desconsolaron mis oscuros ojos y lloré. Alcé mi vista al cielo hasta quedar cegado por el sol, me detuve por un momento y en silencio recordé mi primera lección en la madrasa: ¡la voluntad de Allah, es la gracia y la paz!


Glosario:

Alaho Akbar: Dios es grande.
Aleya: versículo del Corán.
Asr: Oración de la tarde.
Ayatolá: líder religioso o político regional.
Fidaiyin: los que se inmolan por alguna causa.
Hadith: dichos atribuidos al profeta Muhammad.
Ijwan El Muslimin: la Hermandad Musulmana.
Madrasa: escuela religiosa.
Mahdi: elegido.
Mollah: líder religioso local.
Muyahidin: los que combaten en nombre de la Guerra Santa.
Ulema: estudiosos o personas entrenadas en las ciencias religiosas.
Shari’ah: parte legislativa de la religión tal como fue estipulada en el Corán y los hadices.


(VER RESULTADOS DE CONCURSO LITERARIO DE POESÍA 2008)


(VER RESULTADOS DE CONCURSO LITERARIO DE NARRACIÓN 2007)
(VER RESULTADOS DE CONCURSO LITERARIO DE POESÍA2007)


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