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POEMAS

1
Las antiguas de mí misma
deben haber muerto
en fibras blancuzcas,
en aserrines
tropezándose en sus
mismos pies,
ahorcándose en sus
propios brazos.
Las otras de mí
deben haberse contenido el peso de las pupilas
en los pañuelos de
sangre,
deben haberse colgado en
los muros
a desgajarse el pellejo
a piedras.
Encuentro que estoy hecha de fríos
como las otras
lo sé porque el dolor
de vivir
se me ajusta a la
espalda
y me circula como un
hematoma negro.
Voy oscura, descalza
como si ya me hubiera
unido a las sombras para siempre
como si ya hubiera
vivido siempre
trago cuchillos,
me deleito sorbiendo
agua sal por las ternillas
hasta llenarme el
estómago,
hasta volverme
cianótica.
El dolor es una especie de éxtasis:
lloro detrás de la
cortina
y me gusta cómo mis
lágrimas se van espesando.
Es como haber
ingerido solvente.
¿Hasta cuándo podré reír?
no puede existir un
placer tan gratificante
como el dolor que me
abunda.
¿Hasta cuánto fuego podré tolerar?
Estoy hecha de eritemas
como quien guarda alacranes en el cajón
y se los traga
y deja que lo piquen
hasta hacerse inmune.
No hay poción, ni raticida para el dolor
solo me queda apretarlo
hasta que de tanto apretarlo
me vuelva insaciable.
Sin embargo
hoy no estás y eso si es
insalvable
es una nueva mutación
del dolor.
Las otras de mí deben
haberse colgado en los muros
y despellejado a
piedras.

POEMA 1
Llevo
horas tratando de regresar las piezas a su sitio
atando el fardo
volviendo el contenido a la manga.
La gelatina
cuaja en las cerraduras.
Gira un coleóptero rojo.
Una hoja
fresca cae desde la turgencia de su labio inferior.

POEMA 2
Es el
momento en que el azul oscuro trinca los espacios de la
alcoba.
Tiende los brazos como la
sombra de un cristo
orina
respira
cojea
tose.
Los dibujos sobre la cama se
arrancan uno a otro
separan las canicas de sus ganglios
por tamaños, colores
y consistencias.
Rosas purpúreas saltan de sus
bocas.

POEMA 3
La
mirada rueda como un cacharro
se vuelve cajetilla vacía.
Abraza las rodillas al
estómago
con todas las muecas
indóciles de la enfermedad,
boquea espeso,
jadea,
guarda los
brazos bajo la bata.

POEMA 4
Sumerge
sus dedos para comprobar la tibieza del cultivo
no hay
nada de especial en el frasco salvo un vapor dulzón,
tiembla
por ese recuerdo de su colección de bolas y botones
aspira
hasta llenarse
aprieta
los labios para darse el valor y permanecer al filo del
lienzo
cierra los ojos con la fe del
último esfuerzo
se contiene
se columpia
tiembla
por las veces en las que sin causa aparente
tiembla por las manos
volteando los ojos en las escaleras.
¿Escuchas?
son las
voces que vienen del túnel
y que se
le adherían a medida que iba creciendo, canciones parcas.
El
dolor, en este punto, no es más que un cosquilleo raquídeo
o levedad suspendida en
vasijas comunicantes.
Ya no
hay recuerdos
sólo ese susurro interminable de los olvidos como en un
velorio…

POEMA 5
Las antiguas
de mí misma
deben haber
muerto
en fibras
blancuzcas,
en aserrines
tropezándose
en sus mismos pies,
ahorcándose en
sus propios brazos.
Las otras de
mí
deben haberse
contenido el peso de las pupilas
en los
pañuelos de sangre,
deben haberse
colgado en los muros
a desgajarse
el pellejo a piedras.
Encuentro que
estoy hecha de fríos
como las otras
lo sé porque
el dolor de vivir
se me ajusta a
la espalda
y me circula
como un hematoma negro.
Voy oscura,
descalza
como si ya me
hubiera unido a las sombras para siempre
como si ya
hubiera vivido siempre
trago
cuchillos,
me deleito
sorbiendo agua sal por las ternillas
hasta llenarme
el estómago,
hasta volverme
cianótica.
El dolor es
una especie de éxtasis:
lloro detrás
de la cortina
y me gusta
cómo mis lágrimas se van espesando.
Es como haber
ingerido solvente.
¿Hasta cuándo
podré reír?
no puede
existir un placer tan gratificante
como el dolor
que me abunda.
¿Hasta cuánto
fuego podré tolerar?
Estoy hecha de
eritemas
como quien
guarda alacranes en el cajón
y se los traga
y deja que lo
piquen hasta hacerse inmune.
No hay poción,
ni raticida para el dolor
solo me queda
apretarlo hasta que de tanto apretarlo
me vuelva
insaciable.
Sin embargo
hoy no estás y
eso si es insalvable
es una nueva
mutación del dolor.
Las otras de
mí deben haberse colgado en los muros
y despellejado
a piedras.

POEMA 6
Este bocado de oxígeno es el primero: lo respiro
con cuidado y me oprime,
me oprime
como si fuera
naciendo íntimamente hacia dentro
como un
embrión que lo hubiera formado a solas.
Hay un demonio
negro
circulándome y
deteniéndose,
circulándome y
deteniéndose,
CIRCULÁNDOME Y
DETENIÉNDOSE,
puedo sentir
cuando se detiene a hurgar atajos entre los troncos
sanguíneos,
es como una
aguja caminándome por el cuerpo.
La cabeza se
entibia por segmentos
de atrás hacia
delante y de abajo hacia arriba.
Queda una idea
convulsa dentro,
solamente, una
idea que no alcanzo a pronunciar,
una idea de
miedo destornillándoseme de entre los párpados.
No
hay palabra que la nombre.
El techo:
carúncula silenciosa sigue una senda indefinida
el aire pita
en mi pecho, puedo sentir como se infla mi abdomen,
araño pero no
puedo deshacerme de esta convulsión,
las piernas se
tensan con piquetes que suben hasta amortiguarse,
las manos se
encarrujan entre las sábanas y tiemblan
espasmódicamente.
Quiero un
bocado de aire pero la garganta ha estrechado el paso
-hay ruidos de
gente llegando-.
Una sola
imagen final,
una sílaba
atascada que se repite y va acelerándose,
acelerándose,
ACELERÁNDOSE
hasta la
desesperación.
No sale.
Se acabó,
todo terminó
por apagarse,
la vaga imagen
cuelga de la pecera.
Punto final.

POEMA 7
Ya
nadie quiere cuidar de esta mano
cuyos
movimientos involuntarios han pretendido, dicen, ahorcarme.
La envuelvo
la cubro
le doy un beso
en la cabecita
le arrullo
me amanezco
meciéndola pero ella nunca duerme
está vigilante
pendiente
se sobresalta
al menor ruido y me araña de desesperación el pecho.
Quiere llamar
mi atención porque sabe que ya está cerca.
Le digo que
sea cautelosa pero ella es muy impulsiva.
Es peor cuando
la máquina de los latidos empieza a bombear toda la noche,
sin descanso
y no termina
de morirse ese pitido en mis ojos
o se vuelve a
una sola hebra
y el hombre de
blanco viene con su abulia masculla algún silencio que
he olvidado
dice algo que
no entiendo.
Se acerca
se la lleva
le muele a
sondas el cuello.
Él no entiende
que ella solo pretendía
advertirme.
Se la lleva.
Estoy sola.
Miro por el estrecho agujero
del parapeto común.
El hombre de
la pieza seis se ha levantado
y camina
descalzo hacia el fondo
agitando la
pierna como si quisiera lanzarla.
El hombre de
las flores amarillas
se golpea la
cabeza contra la pared
repitiendo la
misma frase.
El martes
arañaba con la cuchara el plato vacío
en un ritual
interminable de invocación.
Ya nadie
quiere atar estos cordones blancos que me crecen cuando
llueve,
nadie quiere
cuidar de esta mano
cuyos
movimientos involuntarios han pretendido,
dicen,
ahorcarme.
La envuelvo
la
cubro.
Espero.

© 2008
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