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UN ADIÓS EN EL
AEROPUERTO DE LA HABANA

He
cerrado mi balcón
porque no quiero oír el
llanto,
pero por detrás de los grises
muros
no se oye otra cosa que
llanto...
(Diván del Tamarit)
Caminó muy lentamente sobre
el piso cubierto de mármol, dando pasos imprecisos. Las
plaquetas del embaldosado eran tan blancas y limpias que su
imagen se refractaba sobre ellas, como si quisiesen fijar su
imagen en uno de los cuadros del cilindro del celuloide para
un próximo largo metraje y retrasar la marcha que lo
separaba definitivamente de Yahima, que irradiaba en sus
ojos un gris de otoño. Él sentía la obligación de sostener
la mirada, como si en ello se le fuese la vida.
Ella
le dio un mundo de calor y él se lo devolvió intensamente.
Anhelaba imperiosamente trasformarse en un mago y detener el
tiempo, que los minutos no avanzaran en forma tan
inexorable, ya que tendría que dejar a su “cubanita”. Nada
tan incitante para la confidencia y el amor: “Cubanita”. El
diminutivo no tiene más misión que la de limitar, ceñir,
traer a la habitación, poner en nuestras manos los objetos e
ideas de gran perspectiva. Se limita el tiempo, el espacio,
el mar, la luna, la distancia y hasta lo prodigioso. No
queremos que el mundo sea tan grande ni el mar tan hondo,
pensaba, ni la Isla más admirable, porque la vida siempre
le coloca intersecciones al destino y puede terminar por
resquebrajarse.
Tranquilos alrededor de
una mesa, en lo más apartado de la multitud, se sirvieron un
café y de esta manera ansiaron disipar en parte el sofocante
calor que, aún en el interior del Terminal, se hacía sentir
fuertemente -parecían estar dentro de un mal sueño-. Se
tomaron de las manos, se miraron nostálgicamente, se
prestaban atención por extensos e interminable minutos en
cada uno de sus gestos; a la izquierda una cortina que el
aire del ventilador apartaba por un momento y los dejaba ver
el traslúcido cielo azul; conversaban de diferentes
motivaciones. Yahima insistentemente le decía: “No me dejes
de querer”; y se empecinaba en hacerle una serie de
recomendaciones en torno a determinados aspectos que tenían
que ver con su delicado estado de salud (resentida en las
últimas semanas). Era la voz maternal y apacible de Yahima
que le hablaba.
Sintió el frío cristal
del vaso, buscó los ojos de ella, que estaban fijos en sus
manos, respiró el aire de tristeza que de repente invadió el
salón, tan ordenado y limpio. Oyó su voz, ahora con un tono
distinto; quiso alzarse, no lo logró; en parte porque las
piernas no le respondían. Yahima se levantó, él al fin
también lo consiguió.
Tras los espaciosos
miradores polarizados del Aeropuerto “José Martí”, se
alcanzaba a percibir cómo la luna se había cambiado de
lugar, también se divisaba a lo lejos el avión, Boeing
757-200 de Aeroperú, que descendía suavemente, como un
gigantesco pájaro con sus majestuosas alas blancas. Sin
dilación se posaría en la losa del Terminal; tendría que
abordarlo precipitadamente, para luego ser transportado a
un territorio frío y húmedo, a algún lugar del fin mundo,
al otro lado del océano.
¡Nada es para siempre, y
hoy, sentados frente al mar, los miraba la luna...!
Yahima observaba a
hurtadillas, no quería pronunciar palabra alguna, porque
sabía manifiestamente que si lo hacía no conseguiría por
ningún impulso controlar sus sollozos y él partiría
acongojado una vez más de su lado. De pronto, levanta la
cara y lo mira con una fijeza como para recordarlo durante
cien años, está frente a ella y solo parece querer mirar a
sus ojos. Todavía hay desconsuelo en sus sentidos, pero su
voz ha recuperado la ternura.
No procuraba, de modo
alguno, causarle gratuitamente más nerviosismo del que ya
estaban reinaba en el ambiente; o que esta despedida se
transfigurara en un laberinto y deshiciera de un solo golpe
esos inesperados momentos que habían pasado juntos,
visitando diferentes lugares de la Villa de San Cristóbal de
La Habana, nombre asociado íntimamente al del comarcano
Habaguanex, jefe de las comunidades nativas que moraban por
aquel entonces esta región, y que en los años 1538-1555 se
viera incendiada por corsarios y piratas, no dejando piedra
sobre piedra; al igual que la ciudad de La Serena, en
Chile, a la orilla del mar, adonde él pronto llegaría:
“Distanciados, uno del otro, como las estrellas infinitas
que se pierden y se desean recuperar”.
“Para defenderla –le
había explicado Yahima– de estas amenazas constantes, se
edificaron castillos, murallas, torres: La Fuerza, El Morro,
La Cabaña, La Chorrera, Cojímar, La Punta... Y tras sus
almenas y baluartes, cientos de cañones en inacabables
vigilias se empinaban al horizonte”.
La tomó nuevamente de la
mano y caminaron muy lentamente por la ciudad vetusta y
pintoresca, que alberga bellos ejemplos de conservación de
la magnífica construcción colonial, con sus escaleras de
mármol, balcones de hierros forjados y arcadas de maderas
que adornan las fachadas de numerosas casas añosas,
construidas en su mayoría con piedra caliza de color coral
claro.
“Esta ciudad posee un
hechizo privativo y característico”, le dice Yahima y él le
contesta: “Si alguna vez me pierdo por este mundo, búscame
en algún rincón de La Habana”.
El recorrido los llevaba
al Capitolio de la nación, La Capitanía (que ampara las
dependencias funcionarias del capitán del puerto), el
Palacio Presidencial, la Biblioteca, la Universidad de La
Habana...la Plaza de Armas, lugar donde sucesivas ceibas han
rememorado aquella sesión inaugural que debió dar sombra al
primer Cabildo y hoy lo inventaban espléndidamente en cada
uno de ellos. El Museo de la Revolución, con balas adheridas
a la pared, la Fortaleza de El Morro, levantada en el siglo
XVI, el Convento de Santa Clara, el Castillo de la Real
Fuerza, la Catedral de La Inmaculada Concepción, que data de
1656 o la Oficina de Correos de 1575; el Castillo del
Príncipe desde donde echaron una ojeada gustosos hacia la
bahía... Todo, todo los magnetizaba.
–Si me imagino cómo es la
ausencia, tengo que pensar en ti. Necesito de ti al final de
mis noches, en mis sueños y destinos le decía él.
La parte vieja de La
Habana, en su trajinar, se reconcilia con una ciudad de
talante moderno, de sorprendentes reconstrucciones públicas
y religiosas, en el que predominan las moradas ostentosas de
amplias avenidas arboladas. Numerosos jardines públicos de
la ciudad; en los cuales muchas veces se encontraron bajo la
persistente llovizna.
Él piensa: “Un jardín que
se visita, que no se vive. Que se vive para los turistas. Es
el destino de todo aquello que no se vive”.
La intimidad nocturna los
sorprende en las canciones de Pablo Milanés, bailando una
balada de amor en donde sienten lo que es realmente un
jardín. De alguna manera persisten y coexisten la plaza de
la Fraternidad, el Parque Central y Colón, con sus brisas en
el recuerdo. Y desde luego, en la fantasía, porque aprendió
que aquí no sale el sol, pues jamás se oculta.
–¡Cuándo estoy lejos de
ti, las estrellas no brillan, es como si yo tuviera tanto
cielo y no lograra concebirlas...!
La Lanchita de Regla, la
cual abordaron en varias oportunidades para ir a tomar
helados de canela al municipio de Regla, y más tarde
recorrer diferentes calles empedradas que se atesoran desde
la colonia; para después descansar a la orilla de la fuente
de la pequeña plaza. Eran muchos los sitios como:
Guanabacoa, Arroyo Naranjo, Cotorro, Boyeros, La Habana del
Este, Playas, La Lisa, en que encontraron la magia de las
noches, en las cuales él hacía que su cuerpo se rindiera
antes sus poemas de amor, durante los días que estuvieron
juntos, en las candentes arenas blancas y transparentes de
Guanabacoa.
–Si no tengo tus labios
para sentirlos, me sobra todo.
La voz transferida por
los parlantes del aeropuerto, llamaban a estar sobre aviso
para abordar el próximo vuelo. Esto los regresó al presente,
con su implacable realidad: la inminente partida. Fue el
primer llamado, el momento en que los pasajeros del próximo
avión debían liar los bártulos. Un revuelo de pasos, bultos,
palabras tristes, alegres, revolotearon una y otra vez en el
aire espeso, exageradamente recargado de congojas
indivisibles. Los invadió una dulce humanidad, un
enternecido recogimiento, pero sintieron un nudo en sus
gargantas que les sofocaba, que no les permitía expresar sus
últimas palabras. Todo, todo lo que ellos objetivamente
sentían.
–Yahima, júrame que el
tiempo no me sacará de tus pensamientos, que la pasión de
hoy será siempre un recuerdo en el mañana.
De súbito, las
evocaciones de aquel día feliz en que visitaron la Isla de
la Juventud. Habían partido de madrugada desde su casa con
balcones -en donde le contó innumerables veces la historia
de su vida-, situada en la calle E, esquina 23, con sus
mochilas cargadas de expectativas. Fueron incontables las
veces que se solazaron en ese mismo lugar con las puestas
del sol, cuando ya se iban los primeros claros del día que
se derramaban en mil colores al ingresar en el verde y
oscuro mar del Malecón.
Caminaron hasta la
esquina, y allí las miradas se perdieron, extendidas en
todas las direcciones, por la calle, en la que no corría
una gota de viento, no se veían ni oían carros, parecía a
esa hora una ciudad muerta. Remontaron la pequeña pendiente
de la calle E, hasta llegar a la 29; en seguida, franquearon
por los entornos del único edificio solitario e iluminado
que se localizaba en la melancólica madrugada. “¡Amanecer
cubano, piensa; amanecer cubano!”. Era el hospital.
Seguidamente se deslizaron al solitario y frondoso parque,
hacia el Terrapuerto para abordar el ómnibus que los
llevaría por las campiñas majestuosas de Bejucal, La Salud,
Quivicán, Melena del Sur, para finalmente encontrarse con el
silencioso mundo del surgidero de Batabanó, al otro lado de
La Habana.
–Nos vamos –le dice ella,
acercándosele con todos los perfumes del mundo sobre el
pelo, que ahora lleva suelto.
Al llegar allí tomaron un
frugal desayuno, café con leche y un esponjoso pan con queso
y tocino, que los vigorizó para recomenzar su nuevo viaje
matutino, adentrándolos en una nueva aventura; pero esta
vez por mar. Yahima lo espera en la esquina, él sabe que no
está solo y le devuelve la alegría.
“El Cometa”, de color
celeste y blanco, era una barca más bien pequeña, pero muy
confortable, similar al compartimiento de un avión, con sus
ventanitas pequeñas, pero sin alas. Era la encargada de
hacerlos sorprenderse por entremedio de los abundantes
islotes: La Manteca, Quitasol, El Inglés, San Juan, Bocas de
Alonso, Matías, Hicaco, Aguardiente, Divisa de Piedra,
Estopa, Rico, Cantiles, Rosario y Callo Largo -a donde
acuden a desovar las tortugas, siendo el único islote que
se encuentra habitado. Ellos confiados esperan, que el
futuro llega algún día. Cada palabra pronunciada por Yahima
lo hacía soñar. El conjunto de estos islotes se extienden
asombrosamente a lo largo de todo el viaje; son 150 km.,
sobre un mar de aguas serenas, de escasa profundidad,
custodiados por grandes arcos de manglares, formando un
rosario de islotes de superficies muy reducidas, de origen
cuaternario, y cimentadas directamente en la caliza. A su
paso se destacan los manglares, en los que predomina una
vegetación de marisma, refugio de la fauna marina más
variada: langostas, tortugas, ostras, chernas, esponjas y
coral. Aves de extraordinarios colores: flamencos y cotorras
que él nunca había visto, los saludan al pasar,
entregándolos a una asombrosa complacencia. Yahima, que ya
había viajado en el “Cometa”, se siente presumida y
regocijada junto a él.
–Piel adentro amontono
mis recuerdos, anclados en un puerto a orillas del mundo.
La ciudad de Nueva Gerona
los espera, junto a nuevos y cordiales amigos. Yahima se
muestra copiosamente feliz, con sus ojos preparados para
apresarlo todo. ¡Él cree que sin esa contemplación y
sensibilidad por las cosas que se van a vivir, no nacería
ningún poema! “Hoy lograste atraparme con la ausencia y en
este momento recorro tu amor en solitario...”
Cada vez se apartaban más
de La Habana y el puerto de Batabanó, sus luces se esfumaron
después de la radiante aurora. El Cometa, quejumbroso,
pesadamente avanza, dejando a sus espaldas un vestigio de
espumas refulgentes. Ya situados en el mar translúcido del
Caribe, en la monstruosidad del mar, los delfines salen a
su encuentro desde las exiguas profundidades para saludarlos
jubilosamente. Unas lanchas más pequeñas se trasponen en
su navegar, al suroeste de Cuba, apartándose
testarudamente, aún más.
–Quise borrar tus
recuerdos y en el presente escondo tu olor como un tesoro y
todas las noches me lo llevo a la cama. En mis sueños
mejores, sueles estar tú.
Yahima le explicaba que
la Isla de La Juventud es la mayor del Archipiélago de los
Canarreos (2.200 km².), con una elevación máxima de 303
metros de altura, localizada en la zona norte, desde donde
sus ojos un día se recrearon al mirar los pinares y las
sabanas., Ella lleva puestos unos chores blancos muy cortos
que dejan al desnudo la redondez de sus muslos que precisan
los contornos de sus extremidades. Un pulóver color
bondadoso que transparenta los rosetones de sus pequeños
pezones. Él siente un hormigueo poderosísimo por dentro y la
mira, la mira y la mira, y Yahima sonríe, sonríe.
Después encontraron a su
paso La Finca El Abra, La Demajagua, hasta llegar a la
Ensenada de la Siguanea, y con perseverancia alcanzaron
Playa larga, Cuevas de Punta del Este, para seguir el
deslizamiento a Cayo Piedra, La Fe, Júcaro, Playa
Bibijagua, para luego volver a Nueva Gerona. Los admirables
amigos que los llevaban en su pequeño auto Lada, color rojo,
les exponen pormenores que los cultivan profusamente, como
“que la economía de la isla se basa en el turismo, la pesca
y la agricultura”.
La ansiedad de todos por
calmar un segundo la sed, provocada por el sol ardoroso e
indeterminado, les permite dedicarse de lleno a la
contemplación fervorosa, seduciendo todo cuanto ocurría a su
alrededor, pero con la sed permanente, vibrante que cruje en
las gargantas hechas fuego, deciden finalmente atravesar la
calle con Yahima y comprar en un puesto frutas tropicales:
mangos, aguacates, guayabas, limones, papayas, bananos,
naranjas, cocos y piñas. La morena dependiente le pregunta a
Yahima: “¿Chileno el señor?”, y ella la mira interrogante,
luego le guiña un ojo y a insistencia le responde que sí.
Mientras comentan que no
se aprecia mucha gente en las calles, con el compañero y
amigo Israel, éste les precisa que el centro administrativo
es Nueva Gerona, que es además la capital, donde habita la
mayor concentración poblacional de la isla, con un total de
73 000 habitantes según estimaciones del censo de 1990, y
prosigue su cátedra Jorge acerca de los orígenes: “Fue
descubierta por Cristóbal Colón en 1494, la bautizó con el
nombre de Evangelista, estuvo habitada por largo tiempo por
esclavos y piratas que escaparon tras la Guerra
Hispano-Estadounidense. España perdió la isla pero fue, como
siempre sucede, reclamada por Estados Unidos. Sin embargo,
con justicia, el Tratado Hay-Quesada, firmado entre ambos
países y ratificado en 1925, confirmó la soberanía de Cuba”.
Por la tarde se
dirigieron al Presidio Modelo, “El Elefante Dormido”; obra
de monumental construcción del sufrimiento. La guía que los
escoltó en su recorrido por disímiles dependencias, los
inquietó de tal forma con sus relatos, que aún hoy en día
persisten. Yahima le comenta al oído que a los umbrales de
la década del ’50, Fidel Castro, actual Presidente de Cuba,
fue encarcelado en esta prisión, donde escribió su alegato
“La historia me absolverá” y “Cartas desde el Presidio”.
La voz del altoparlante,
al llamar a los pasajeros, cortó en forma abrupta todos sus
pensamientos y se dio cuenta que Yahima tiritaba; se
acercaba el adiós definitivo y advirtió que no podían
retroceder, que todo llegaba a su consumación. ¡Únicamente
sería una dulce evocación en los recuerdos de ella! De eso
no podía estar completamente seguro; esos escasos minutos
que les quedaban eran solamente para ganarle tiempo al
desamor, al abandono. Sus bellos ojos almendrados
centellearon misteriosamente, en forma apremiante gritaba
su corazón, mojado en lágrimas. Le prodigó un abrazo que
parecía querer fundirla categóricamente en él para toda la
existencia; besó sus labios, arrulló su cara y sus cabellos
en sus brazos, sin tiendo su frente ardiente contra su
pecho. Los dos están nerviosos. Era el homenaje último que
se daban, como grandes y leales compañeros de tantas horas
compartidas.
Cada vez que él llegaba
a buscarla, para ella el cielo se trasladaba a su ventana,
sus tristezas se transformaban incomprensiblemente en
satisfacciones, pero cada vez que él se iba, se le eclipsaba
imperativamente el sol.
Él todavía se acuerda del
minuto exacto, cuando la vida le procuró la ocasión de
conocerla. “Iba pegado al cielo y apenas te sentí/ me
descubriste todo de una vez...” Coincidencias del destino.
Estaba derribada en el travesaño del balcón del segundo piso
de su casa, su vestido rojo, con rueditos blancos, muy
ajustado a su cuerpo, un peine en la mano. Las estrellas en
su pelo, rizado y humedecido, dejaban sin aire al mismo
aire, libre al viento, sus ojos grandes, manos finas, pies
delicados, de un circular acompasado y gracioso. Él la tenía
en la mira desde la calle, consignándole un gesto, allí
estaba la posición de oro del crepúsculo. Ella levantó los
brazos sensualmente para recoger sus cabellos, y volcarlo
todo, de una sola vez a su espalda; inminentemente se
distinguieron a la distancia unos pezones que se le notaban
suavemente en la blusa, relucieron unos pendientes
artesanales de confección cuidadosa. Le respondió con una
señal de su mano levantada.
Una tarde, al regreso de
un breve paseo por el Malecón, Yahima lo esperaba, en el
portal de su casa, erguida, con su pelo rizado al viento,
dotada de una belleza sorprendente y de sopetón le dijo:
“¿Tú eres escritor verdad?”, en un tono de quien ha
descubierto algo muy importante. “¿Por qué?”, interrogó él,
en un susurro semejante al que ella había usado para
preguntarle. Yahima se le acercó más. Se esforzaba por
transmitirle una especie de mensaje, participarle de algún
secreto o algo indefinido que él era incapaz de desentrañar.
Raudamente le preguntó la hora, él le respondió quedamente y
se eternizaron en una plática hasta el desmoronamiento de la
tarde, respirando hondamente la luna, para que sus almas se
transfiguraran en inseparables desde aquel día.
Se vieron después varias
veces en el parque, disímiles vagabundeos por diferentes
contornos de la vieja ciudad: la cafetería, una librería,
buscando algún libro de Pablo de la Torriente Brau; o en
aquel cine de la Avenida 23, en el que parecía proyectarse
sólo para ellos dos -a pesar de la cantidad de cubanos que
se hallaban a sus alrededores-, la cinta argentina “La noche
de los Lápices” (era esa película, no le cabía duda).
Sentados en la gradería, ambos sentían el deseo uno del
otro, sin tocarse -bésame el espacio entre mi cuerpo y tu
silueta, por favor, insinuaba ella sin palabras-. Él estaba
pendiente de ella, que intentaba en vano arrancar con su
abanico un poco de aire para él. Yahima, al mirar la
pantalla, sólo veía una mancha nebulosa que en la perturba
abre los ojos, los cierra, los abre y lo contempla
largamente.
Fue una película
doliente, ella ni siquiera se alegró una vez. Al retornar,
hablaron muy poco; Yahima transitaba espigada, con la vista
fija al frente. Introduciéndose quizás en las sombras que
iban de un lado para otro envolviendo la esquina. Ahí, él
se da cuenta, soberbiamente, que la extraña y al llegar a
la luz del portal de la casa no se contuvo y le aseguró que
había sentido un placer muy grande el estar con ella esa
noche; luego pasó su brazo sobre su hombro y se
comprimieron, uno contra el otro, sintiendo sus caderas, su
pelo, sus pechos; besó su cara y sintió el sabor salado de
sus lágrimas.
Desde ese día se
convirtieron en inseparables andantes, en fieles y
permanentes compañeros, por todos los recovecos de la
ciudad se les veía juntos. Él aún recuerda cuando subió
lentamente los escalones del portal y entró a la casa; ella
se percató de la presencia de él, desapareciendo, pero le
dejó la puerta entreabierta, era una invitación; así, él
igualmente subió los escalones de mármol, empujó la puerta
de su alcoba, luego la cerró, tras la cual una luz tenue se
proyectaba en la puerta y ventana de la calle E, sus
cuerpos danzantes.
A tanta distancia,
buscaba una salida a sus laberintos de sombras, la
revelación de una recordación, veía su sombra en el rostro
de la azafata al fondo de la cabina del avión. Un primer
pensamiento lo empujó hacia ella, quería avanzar por el
pasillo, necesitaba hacerlo para no perderla, escuchar su
voz suave, cálida, atractiva. Pero allí, había un silencio
profundo y pesado, era la inexistencia de Yahima.
En el casco antiguo de la
urbe, situado cerca de la entrada interior del puerto,
estaban las avenidas más notables por las cuales habían
circulado de la mano tantas veces, custodiados singularmente
por las estrellas y la luna. Sus remembranzas se inclinaban
por todas partes, su presencia de andantes entusiasmados del
Paseo del Prado (Martí); las Avenidas del Puerto, Salvador
Allende (Carlos III), de los Presidentes, Simón Bolívar,
Paseo, Agramonte, la Alameda de Paula, las Misiones, El
Malecón, o por donde inconmensurables veces fueron
entremedios de vías estrechas y tortuosas: Tacón, Empedrado,
Tejadillo, Obispo, Mercaderes, Churruca, Muralla,
Lamparilla, Amargura, Bernaza, Cristo, Trocadero, Refugio,
y otras.
Caseríos que mostraban un
aspecto ruinoso, pero que poseían un embrujo especial, de
interés histórico, que le llamaba abismalmente la atención:
“Balcones mirando otros balcones al otro lado de la calle
invisible. Unas prendas interiores minúsculas batiendo sus
intimidades sobre barrotes de hierros polvorientos,
calcetines de hilos, guayaberas, trusas, colgando de un
cordel, goteando a nuestros pasos pausadamente”. Examinó
estos retazos de colores indefinidos, como parte de vidas
regocijadas y solitarias, de seres aferrados al exilio del
progreso de la capital.
El sonido del avión le
traía insistentemente a la realidad, a través de la ventana
vio todo nublado; así, con la nostalgia de lo más querido,
pasaron por su mente una cadena infinita de recuerdos, los
queridos y los más temidos, trataba de inmortalizar el
último momento en el que hablara con Yahima. Buscó en el
recuerdo algo significativo, como cuando él llegó de
sorpresa al balcón donde se encontraba descansando, ella
estaba en la mecedora, bajo la única luz prendida, y lo
miró. Imperiosamente él avanzó lo suficiente, Yahima sonrió,
salvaguardando la expresión hasta que él llegara a su lado y
se inclinara para besarla.
Se cubría sólo con lo
esencial, prendas mínimas, ligeras, para atrapar la
imperceptible brisa que aguzaba mucho más sus formas que la
propia desnudez. Sentía a la distancia la tersura de su
piel, sus muslos curvos y tersos. “¡Es que hace un calor!”,
dijo. Sentía adivinar sus inclinaciones, y él estaba
plenamente seguro de no haber señalado palabra, y no halló
sino, una gran seducción de parte de Yahima.
Viajando un día por la
estrechez de las vías Compostela con Peña Pobre, una mulata
con su ritmo ondulante y cadencioso, que al caminar se le
hundía la tela finísima del vestido entremedio de sus
nalgas, diseñándole notoriamente sus piernas pulimentadas y
musculosas; sus pechos redondos,
subiendo-bajando-bajando-subiendo, alternativamente,
paseando impúdicamente sus caderas ajustadas a punto de
estallar, frente a sus ojos, los detiene a ambos para
ofrecerles un delicioso batido de mamey con hielo picado y
azúcar, mucha azúcar (aún hoy la inmortaliza y añora!) Cómo
no poderla recordar.
Más tarde, se deleitaron
bebiendo en otras expendedurías ubicadas en las esquinas,
jugos de pomelos y naranjas, que los refrigeraron una vez
más, porque el sol refulgente provocaba definitivamente
estragos en cada uno de ellos.
La voz del altoparlante
hacía un nuevo llamado
perentorio a los pasajeros del Boeing 757-200 de Aeroperú,
cortando la conversación.
Él afirmó sus
pies temblorosos en el parquet del salón de recepción. Sus
ojos negros, electrizantes, toparon con los de Yahima,
sedosos y penetrantes, que despedían destellos de
desconsuelos irrefrenables, aumentados por las luces que
guiaban sus pasos torpes, desalentados, pulverizados. Ella
necesitaba imperiosamente dejar grabada su imagen, sus
rasgos en el último adiós, en el subconsciente.
De regular estatura, de
unas cuarenta y tantas estaciones a cuesta, de cabellos
ensortijados, con incipientes hilos plateados en sus sienes,
piel levemente tostada por el sol tropical; vistiendo un
impecable traje azul de gabardina, “un príncipe” para ella,
de los que describe Dostoiewski en las comarcas troveras de
las estepas de Rusia.
Yahima no quiere
descubrir su amor, pero sus ojos no la engañan jamás, por
lo tanto también deseaban manifestar su odio por la
inquebrantable partida. Son una escritura, siempre se lo
señaló. Apresuradamente, él levanta su rostro con sus dedos
dóciles y la observa por última vez, antes de traspasar la
compuerta de la despedida final, alza reiteradamente su mano
en señal del “nunca más”, del adiós definitivo.
Él siempre pensó “que los
seres que viajan desprovistos, despojados de ternura, de
vínculos, son los que quieren abrigarse en el despeñadero de
las derivaciones superficiales y eso era la antesala de los
débiles”; quizás por eso si hubo tempestad, es porque
apareció ella, Yahima, que surgió como el sol de la
madrugada, hablándole en secreto, declarándole su amor.
Él cantaba una canción:
“La calle se me hace estrecha/ con la alegría que tengo./
Sin haberlo imaginado,/ cariño mío, te encuentro./ Para qué
seguir rodando/ como la piedras al vacío: / Yo aprendí que
caminando/ puedo conquistar lo mío./ El ir y venir luchando/
por las cosas más queridas/ si bien nos gastó las manos/ nos
deja abierta la vida…” Y le dilapidó esa noche un aroma en
cada uno de sus besos. No conseguiría olvidarla tan
fácilmente. “Porque algo sublime es una satisfacción para
siempre”. Y esto, como es obvio, vale para un poema, un
cuadro, una sonata, una escultura, un cuento. Para
cualquier acto de la creación.
Por el doble vidrio, miró
el verde mar, vasto e infinito; recordaba con precisión cada
una de las sensaciones que experimentara mientras la
evocaba, y tan intenso era el recuerdo que casi se hizo
material: la tersura de su piel, sus caricias, el roce de
los labios; la deseaba con el mismo ardor de la primera vez.
Ahora resplandecía como una esmeralda de esas que las
mujeres, con sabiduría, esperan en las orillas de sus mares.
Él la tenía en su alma, en lo más profundo de su ser y la
proyectaba en sus adversidades, a la distancia.
Las nubes tan blancas lo
hacían inmortalizar la orilla del mar por donde caminaron
indistintamente. Los trajes se adherían a sus cuerpos de
tanto bailar, la banda de músicos retumbaba, mientras otras
aguardaban su turno. El baile se animaba y él se regocijaba
mirando a los cubanos tan contentos, con sus sombreritos de
yarey, con una cinta azul a su alrededor, proyectando el ojo
y bailoteando con el puesto. Las mujeres exhibían trajes
vivaces, tan comprimidos, que parecían serpientes con sus
ritmos tortuosos, bailaban con ademanes atractivos y
sensuales, firmes y continuos, más que los golpes de las
olas que abofeteaban, insolentemente el muro del Malecón.
Salieron a la terraza,
casi todos habían bebido hasta pasar de este mundo al otro.
Yahima se dirigió al bar para traer un daiquiri.
Prontamente vino una mulata y le dijo: “¡Buenas noches!
¿Qué tal? ¿Bailamos?” Él la miró y le contestó: “Más tarde”.
La morena miró a Yahima que se acercaba rápidamente en forma
desafiante. La morena respondió: “¡Hasta luego! ¡Pronto nos
encontraremos, adiós!” Él se acercó rápidamente a Yahima,
necesitaba vivirla un poco más, sin miedo, sin apariencias,
y le dijo: “¿Vamos a dar una vuelta, a otro lugar?” Sus ojos
se transformaron en dos estrellas que iluminaron todo el
universo. “¿No te entretienes, verdad?”, le señaló, hablando
bajito. “No mucho, no estoy para estas andanzas esta noche.
Ya vi la alegría de la gente, ahora quisiera irme, transitar
la noche, descubrir el lado oscuro de la luna y estar solo
contigo”. Así, la más bella de las cubanas se le aproxima,
anda junto a él, rozando su cuerpo, sus contornos.
Las quimeras saltan por
doquier, un pedazo de la noche alcanza la eternidad, o toda
la vida, las fantasías les van humedeciendo sus sueños. Miró
el vaso que sostenía en su mano, el hielo flotaba en el Ron
Carta Blanca, bebió un trago largo, muy lentamente, sintió
que le quemaba por dentro, primero como una brasa en la
garganta, pronto un bálsamo cálido en el estómago, después
de beber, hizo una mueca, miró para todos lados y escribió:
“¡Yahima!”
Aquel día peregrinaron
por diferentes correderas de La Habana Vieja, la muchedumbre
iba y venía, las luciérnagas de la noche los acompañaban en
su parsimonioso caminar, después regresaron al punto de
partida, cerca del túnel que une Miramar con El Vedado. Les
moja la lluvia esporádicamente, y las gotitas de matices
heterogéneos pasean por sus caras.
–¿Vamos al Café
Cantante, y bebemos algo? –le propuso a Yahima–. ¡Necesito
tomar algo, estoy deshidratado!
Ella aceptó de buen
agrado -había que hacer durar ese instante fugitivo-. Le
tomó suavemente de la mano y se fueron abrazados por la
vereda empedrada, haciendo repiquetear sus tacos que
tronaban en la oscuridad, alejándose apresuradamente de
todos, llegando a Paseo y 39.
Más tarde, ya trajinada
la noche, él quiso llenar su corazón, viajar sin términos
su cuerpo, de norte a sur -su fragancia era tan exactamente
su esencia- a la orilla del Malecón.
Sintió, incluso, las cosquillas de su respiración junto a su
mejilla. La luna se transforma en pergamino, y cuando está
en cuarto menguante es un “ajo de agonía de plata”; los
carámbanos dejados en los balcones por la lluvia, son
también de luna. La Habana es una luna ahogada entre los
balconcillos cubiertos de hiedras.
Confiesa que la quiere,
que se ha enamorado perdidamente de ella, que conociéndola
ha descubierto un nuevo mundo de contingencias, como un Polo
Montañés, recién llegado desde Las Terrazas de Pinar del
Río a La Habana. Y la selló, recitándole gradualmente al
oído, mientras las olas del mar magullaban testarudamente
el muro del Malecón:
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
Mi táctica es
hablarte y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
Mi táctica es
ser franco
y
saber que vos sos franca
y
que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con que pretexto
por fin me necesités.
El poema que
conspiraba contra ella, era “Táctica y estrategia”, de Mario
Benedetti, que su “Mulatita Caribeña” de ningún modo había
escuchado, y que le pareció incomparablemente apasionado. La
noche también se confabulaba lanzando sus chispitas de
olores a mar y humedad, los invadía una dulce piedad, un
enternecido recogimiento y a Yahima se le enfriaron las
manos, como si el corazón hubiera dejado de latir y dijo:
“¡No me dejes, no, no me dejes, no!”
En esa inesperada
confusión, la fantasía les fue mojando sus sueños y se
consumieron en un cuarto con grandes ventanales que
dominaban todas las luces parpadeantes del espacioso y
hosco Malecón. Como se sabe, el agua circula en La Habana,
dentro de los edificios y fuera de ellos.
Él piensa: “Es la
nostalgia que se apodera de los que vienen del desierto.
Pero también es la simbología más subterránea. La
profundidad materna de las aguas que van hinchando los
gérmenes y los van haciendo surgir de las fuentes mismas del
agua, es una materia que por todas partes de La Habana uno
va viendo crecer y nacer”. La Isla es un origen
irresistible, un nacimiento continuo de imágenes tan grandes
que marcan a fuego el inconsciente que gusta de ellas y
suscitan ensoñaciones sin fin.
Choques de confusión en
la noche del cuarto de “Dos gardenias”, con el único
centelleo lunar de la habitación que los ilumina, a través
de la ventana abierta, y con esa escasa luminiscencia vio su
cuerpo desnudo, era una ondulación que hacía resaltar
particularmente sus caderas y todo su cuerpo lustroso que
cabalgaba como deslizándose sobre el viento.
La feminidad de Yahima
resultaba enternecedora, a media luz, a media noche;
cerquita suyo la vio, semi-dormida; ella puso sus manos en
el torso de él, se abrigó sus propios pechos que los
descubrió desnudos; concibió en la piel de la espalda la
textura de una sabana anónima, una cama desconocida, una
habitación ignorada, posteriormente entre sus brazos;
enlazada con sus piernas la contempló en paz, con el brillo
de sus ojos pegado a los suyos, con ese cefirito que daba su
inspiración. Aún podía sentir las ropas abiertas, los pechos
de Yahima, sus manos, sus labios infinitamente más suaves
que el pétalo delicado de una flor, quizás soñando en sus
coincidencias, sus destinos. De tal manera, los encuentra el
amanecer, como un suspiro que golpea pacíficamente sus
rostros.
El avión ya se había
alejado decisivamente de la Isla, se acomodó en el asiento,
trató de cerrar los ojos, borrar de la memoria todos
aquellos intervalos, pero la imagen de Yahima regresaba una
y otra vez. Ella siguió sola en el aeropuerto, porque en
estos casos la fatalidad recorre los orígenes alados del
tiempo. “Algo pareciera que va hiriendo y el luto invade
seguramente su corazón”. La inventa, la idealiza, se imagina
a Yahima, se entristece, respira hondo y dos lágrimas caen
de sus ojos.
Se percata que Yahima no
había llorado por su situación, por la irremediable
separación, por los quebrantos tempranos que le propinaba la
vida. Tal vez, fue entonces cuando se dio cuenta de su
realidad, y se humedecieron definitivamente sus ojos. Él
pensó: “Cuando se sienta verdaderamente sola en su
habitación puede que llore, apretando su almohada”. Porque
Yahima entenderá que la vida es un incidente muy pequeñito.
Todo lo descubrirá cuando él ya definitivamente no
estuviera nunca más a su lado, el no verlo más se le haría
realidad y en la soledad más absoluta del atardecer
suspirará.
¡El nunca más...! ¿Lo
llegaría a saber Yahima? ¿O quizás sólo lo vislumbraría...?
¡Mar del tiempo! ¿Qué
anclas pueden resistirse en la isla del Caribe? ¿En cada
cuento, perpetuidad e inmortalidad? ¿Qué obsesión estampaba
la transparencia y suavidad del avión en el aire?
La voz del capitán de la
aeronave lo sacó por unos instantes de sus íntimos
pensamientos. Anunciaba que se encontraban sobrevolando la
ciudad de Quito y pronto descendería para aterrizar en el
aeropuerto Mariscal Sucre. La transmisión lo situó de
sopetón en la insalvable realidad de su nostálgica
historia.
Mientras el contrabajo
del conjunto musical de aquella noche, persevera fijo y
limpio en su mente, el “chello” enardecía sus acordes.
Pronto se acercó a ellos el violinista -le vienen de golpe
las evocaciones, todo junto- y Yahima le pide que
entonaran “Historia de un amor” o “Aquellos ojos verdes” de
Dámaso Pérez Prado; pero que no desistiera de tocar por
ningún motivo “Siboney” y “Siempre en mi corazón” de
Ernesto Lecuona.
Aquella vez, consiguieron
escuchar y bailar esas melodías románticas, boleros de
Manolo Castillo: “Y te quiere conocer”, “Mensaje a mi amor”,
de Daniel Castillo. Él titubeaba, seguía con sus recelos y
aprehensiones. Demoraba bastante en entender sus
inseguridades y planteamientos. Pero Yahima lo instó a
vencer todo aquello, porque fue explícita para que él
acabara de una buena vez aceptando la situación. En ese
clima, en ese anonimato respectivo se le desplomaron las
caducas aprensiones en que lo formaron. Encontrar en cada
aliento algo que no debía ser, a no amar a una compañera,
vivir pendiente de las deudas con la sociedad, lo que le
producía continuos sobresaltos, y reírse finalmente de las
ironías que discernía en su mente.
También conoció el
espíritu, el pensamiento, las luchas imborrables de los
cubanos, de las que había sufrido en su alma y su cuerpo.
Yahima, como presidenta del C.D.R., fue motivo de su
admiración cuando le susurró al oído: “No existe un momento
del día/ en que pueda apartarte de mí/ ya todo parece
distinto/ cuando no estás junto a mí./ No hay bella melodía/
en que no surjas tú/ y no quiero escucharla/ si no la
escuchas tú...”
Sentado en el asiento del
avión se preguntaba: “¿Cual será el título de mi próximo
libro? ¡Ah, no lo sé, lo que sí sé, es que nunca estuve tan
consciente para concebir un cuento para un libro, que
llevará retazos de estas imborrables historias…!”
Bailaron uno tras otro
esos grandiosos boleros... Sutilmente la invitó más tarde
para reiniciar la caminata a la orilla del mar, que a esa
hora apenas lamía la playa. Las arenas muy blancas y finas,
de una absorbente calma. Seguían a las aguas, las olas a las
olas, los matices resplandecientes a los refulgentes,
mientras sus cuerpos leían a dos voces: “Ámame como soy,/
tómame sin rencor,/ tócame con amor/ que voy a perder la
calma./ Bésame sin rencor...” Uno adherido al cuerpo del
otro, susurrante ante las superficies oceánicas de aguas
transparentes, cantarinas y tranquilas, de una variedad de
azules que tanto los excitaba -gaviotas, pelícanos y
furtivos delfines desde lejos los acompañaban en esa
inigualable noche de amor-. Era verdad su verdad cuando la
primavera del mundo los enlazó en la aurora de una
comunicación perfecta.
Los panoramas negros son transformados en conserjes para
regocijo del blanco.
–¿Eres felíz,
Yahima?
–¿Por qué me lo
preguntas, si ya lo sabes?
“Soy felíz ahora y
la felicidad suele ser tan transitoria en el amor, pero tú
sabes amar y me has hecho sentir como tú...” Y después le
musitó al oído que “nunca había sentido tanto placer y
felicidad en la Isla; dichosa estoy contigo, pero yo no
podré borrar jamás esta noche, ni todas las noches junto a
ti. Sí, una noche como ésta puede y debe quedar pintada o
escrita en la memoria, en el corazón, en los sentidos, en mi
cuerpo, por siempre y para siempre; testigo es el cielo, la
luna y las infinitas estrellas. Es y será mi noche, la noche
más hermosa de Cuba”.
La mirada de él vuelve a
un punto perdido de sus recuerdos...., cuando le dijo que
la quería y Yahima en lugar de responder, levantó la mano
izquierda, se la llevó a la sien haciendo trencitas en su
pelo, cerrando los ojos. Él ve sus labios temblorosos y una
lágrima rodar junto a la nariz cayendo sobre el plato. Ella
lo abraza fuertemente, lo besa y le contesta que nada
deseaba tanto escuchar. Un hombre que la comprendiera, que
la hiciera feliz, que nada la había hecho verdaderamente
feliz, concebirse tan bien. La ve levantarse mudamente y
marchar en dirección a la cocina
En esa encrucijada, se
recuerda claramente, llevaba unos pantaloncitos de seda,
considerablemente efímeros, era como si estuviese desnuda;
su camisa roja, nada por debajo, como para sentirlo más
suyo. Nunca esa visión fue tan excitante, sus pechos
sinuosos se dibujaban en la tela, los ojos de él
persiguieron el movimiento de sus caderas redondas, firmes,
y lo más probable era que no deseaba que se movieran en
esos precisos momentos.
Cambia la mirada hacia
otra dirección, a la cocina, pero sabe que no la puede
esquivar, él está al tanto, convencido de que lo está
esperando, de pie, recostada al fregadero. Se pregunta si
será sensato ir hasta allá, y se molesta consigo mismo. No
tiene por qué reflexionar en la cordura de esa tarde.
¿Pensará en los sueños a
esta hora Yahima? ¿Habrá huido de sus ojos “La aurora”?
¿Verá el Apocalipsis que se adivina sobre la ciudad que la
espera?
Aquellos cánticos del
agua -¡dirá, quizás Yahima! La oía yo cada vez y menos al
mismo tiempo; excepto porque ya no era externa, sino íntima,
mía; la brisa salobre del Malecón era mi vida, mi deseo de
vivir junto a ti, y yo oía el concierto de mi subsistencia
y de mi sangre en el agua que corría y se sustentaba blanca
como la espuma del mar, y este llanto tremendo muestra la
nostalgia de un paraíso perdido.
Durante todo el viaje, la
imagen encubierta del recuerdo de Yahima interrumpió los
lapsos más dolorosos, o le permitió alcanzar con la
imaginación voluntariamente lo que los sentidos no pueden
apreciar, pero él insistió en inmortalizar lo recordable.
Miraba el vaso, pues le parecía ver su reflejo en el
transparente líquido amarillo. Quiso tomar otro trago de
ron, pero el vaso a esa altura se encontraba vacío, fue una
inclinación en vano, similar al de quien va a remontar un
peldaño y no lo consigue.
Posiblemente, cuando al
anochecer se cierre la verja a sus espaldas, encontrará la
nostalgia del agua, esperándola inmediata con la melancolía
del paraíso perdido. En Nueva York no se pierde ningún
paraíso, porque no lo hay y nunca lo tendrán.
Todos los signos de los
poemas que leyeron y las canciones que cantaron en su
balcón, se fueron degradando muy lentamente en el espacio:
“Déjame recorrer ese universo/ que conozco sin límites y
fronteras,/ déjame descansar sobre tus pechos/ que calientan
mi piel como una hoguera,/ déjame repasar tus accidentes,/
detenerme a palpar cada medida,/ humedecer tus ojos y tu
frente/ y penetrar el fondo de tu vida...” (“Comienzo y
final de una verde mañana”, de Pablo Milanés, que yace
destrozada sobre el cielo de El Vedado.)
Va pensado, entremedio,
en los nubarrones que chocan violentamente con las alas del
avión a tres mil quinientos pies de altura, sintiendo
sonidos estridentes, en forma preocupante y perturbadora.
“Que lo absoluto cabe quizás solamente en el mundo de los
sueños. Las estrellas, las violetas, las miradas, los
pensamientos. Y el deseo de lo incondicional encadena el
sentimiento de la ansiedad trascendente, a fuerza de brillar
fuera del alcance de nuestras manos”. Se tomó las últimas
gotitas de ron que le quedaban, como si se empeñara en
borrar su memoria, como si fuese un estorbo, y puso el vaso
sobre la mesita con ruedas que arrastraba la azafata.
Pero a Yahima la noche se
le hizo tremenda, intranquila, desveladora de sueños que no
lograba comprender del todo; la pena se alojaba en lo más
profundo de su corazón y anunciaba hacerlo trizas,
aprisionándola cada vez más, como si quisiese ahogarla en un
gemido incontrolable, la nostalgia prematura se hacía
presente en forma despiadada. Se sirvió un magro desayuno y
con un peine hacía surcos en su pelo, sabía que ya nadie la
esperaba para acariciar sus cabellos. Y eso la ponía
tremendamente triste.
Bajó las escaleras de la
casa, abrió la puerta y se echó a la calle, bajó la pequeña
pendiente de la calle E, luego enfiló por la avenida 23 en
dirección al Malecón, cruzó la plaza caminando por vías
comerciales muy concurridas a esa hora de la mañana, en una
búsqueda en la que concientemente perdió mucho tiempo, a
pesar de conocer de antemano lo inútil del empeño, cuando se
disponía a cruzar la avenida de los Presientes, alguien le
ofreció el periódico “Granma”, con las frescas noticias del
nuevo día, lo compró para entretener sus ojos vacíos a la
orilla del mar, lo echó a su bolso y prosiguió abatida
caminando parsimoniosamente.
Cuando se encontraba a
la orilla del mar, se dispuso distraer sus sentidos,
sentada en un banco. Sacó el diario adquirido, miró la
portada, y comenzó su lectura:
“GRANMA”
Sección Internacional
“Se estrelló un Boeing
757-200 de Aeroperú. Hubo 70 muertos.”
“Ciudad de la
Habana, 03 de Octubre de 1996 (Prensa Latina). Un Boeing
757-200 de Aeroperú con 70 personas a bordo cayó hoy al
Océano Pacífico frente al litoral, en el norte de Lima y se
teme que no haya supervivientes. El gobierno peruano y
ejecutivos de Aeroperú atribuyeron la causa del accidente a
problemas técnicos, según informes preliminares”.
No quería creer lo que
leía, deseaba que todo fuese un mal sueño, porque en los
sueños, el sentimiento desorientado asume una actitud
pasiva; de alguna manera, sabe que es un sueño y que al
despertar de él, todo volverá a la normalidad.
“En el avión viajaban
pasajeros de 11 nacionalidades. Se informó taxativamente que
30 de las víctimas eran chilenos, 20 de Perú (incluyendo los
nueve tripulantes), seis de México, cuatro de Estados
Unidos, dos de Italia, dos de Gran Bretaña, dos de Ecuador,
además de una víctima de Nueva Zelanda, España, Colombia y
Venezuela, todos ratificados según sus pases de origen.”
Sintió que sus piernas
temblaban, y así continuó a lo largo de toda la calle del
silencioso Malecón.
“Los tres dispositivos de
registro básicos de vuelo de la aeronave, “caja negra”, dos
en la cola y uno en la cabeza, registraron los parámetros,
altitud, velocidad, evolución de vuelo de la aeronave,
además de recoger el sonido ambiente. El dispositivo de
cabeza que es el que mayor información debería aportar, ya
que posee tres micrófonos en la cabina, grabaron la última
media hora de vuelo y específicamente de este accidente. El
análisis de las cintas de grabación proveerá evidencias
claves sobre las causas”.
Yahima sintió palidecer y
alcanzó a sentarse en un asiento cercano que le permitió
proseguir con su lectura, a pesar de tener los ojos nublados
por sus lágrimas. Lloró amargamente como si en ello se le
fuese la vida, pero se mantuvo en la lectura para encontrar
un error, una esperanza.
“Hemos escuchado las
grabaciones captadas por la torre de control, dijo la
Ministra de Transportes, durante una entrevista concedida a
una emisora local, y al parecer hubo un bloqueo en el
sistema de la computadora. Sin embargo, se escuchan las
últimas palabras pronunciadas por el piloto, antes de que se
interrumpieran las comunicaciones definitivamente: “Estoy
bajando la fuerza de los motores, pero la nave sigue
acelerada.” La Marina de Guerra peruana dijo que uno de sus
aviones de búsqueda descubrió parte de los restos de la nave
poco después de las 10:00 horas locales. Se divisaron un
fuselaje blanco partido en dos flotando en el mar, a unos
60 kilómetros al oeste de la costa. No se han encontrado
sobrevivientes. Otros trabajadores de rescate dijeron haber
visto unos 10 cadáveres flotando en el mar durante un
sobrevuelo por la zona donde ocurrió la tragedia. La
esperanza de hallar sobrevivientes disminuyen con el paso de
las horas, mientras helicópteros revisaban la zona aledaña
al lugar del accidente y no encontraban más que manchas de
aceite y objetos flotantes cercanos a la orilla que parecían
ser piezas de equipaje. La aeronave partió de Cuba a las
11:00 horas locales, con destino a la capital de Santiago de
Chile, con escala en Ecuador a las 14:00 horas, y
posteriormente en Perú a las 16.00 horas. Representantes de
la empresa, informaron de problemas técnicos y pérdida de
comunicaciones a las 14:00 horas, antes de que el piloto
aparentemente intentara realizar un aterrizaje forzoso y
consiguientemente se estrellara fuera de Pasamayo, a unas
54.06 millas al norte de la capital.
”El accidente es uno de
los peores en la historia de la aviación peruana. Se dice
que debido a una intensa neblina se ha impedido que
embarcaciones de rescate y helicópteros pudieran iniciar la
búsqueda rápidamente en el mar, mientras que trabajadores de
rescate y periodistas se congregaron en Pasamayo tras el
angustioso amanecer; familiares de las víctimas también
llegaron al lugar: “Todavía hay esperanza. Hay esperanza”,
dijeron, mientras fijaban sus miradas en dirección a donde
la aeronave supuestamente se había hecho añicos. Los
trabajadores de rescate colocaron luces a lo largo de la
costa peruana, para que sirvan de referencia a personas que
quisieran ubicarse en el mar. Pescadores que se encontraban
en el mar al momento del impacto vieron un destello y luego
escucharon un golpe seco, percatándose de que una nave
había caído”.
Yahima comenzó a percibir
levemente que sus ojos comenzaban a humedecerse nuevamente,
el “nunca más” del cual él había hablado indeterminadas
veces, se hacía realidad. Dolorosamente cayó en cuenta que
temblaba. Cuando terminó de leer el matutino, temblaba más
aún. Presintió que desde ahora mismo comenzaba a eclipsarse
indisolublemente su vida, simultáneamente con todo lo que
se encontraba a su alrededor; tragó angustiosamente el aire
a lo largo del mudo Malecón.
Recordó que en la mañana
Radio Reloj habló de un accidente en el Océano Pacífico y de
muchos muerto, pero ella no puso atención a la noticia,
siempre le hacía concientemente un desagravio a las tristes
crónicas.
Destrozada, desgarrada,
sentía que su alma y su corazón explotaban frente al oscuro
Malecón. Enfadada y triste, pero enamorada, consideró que,
después de todo, el tiempo se había ido muy rápido. Ahora lo
más sensato, dentro de su gigantesco dolor, era regresar a
casa y acostarse, adormecer su pena por siempre, y no
despertar nunca más. Instintivamente echó a andar en
dirección a su casa, deseaba estar en un mal sueño, en el
cual él pudiera aparecer, aunque luego continuara su viaje
de cualquier manera, para revelar lo que debiera revelar;
pero, en todo caso, aquel era el sueño de la tenebrosidad y
el silencio; porque a la mañana siguiente se encontraría de
sopetón con la realidad dándole en sus narices.
A lo sumo, escuchaba a su
paso algún rumor, un sonido, pasos mínimos, un remanente de
olas en el muro del Malecón; las últimas gotitas de colores
que lanzaban los embates del mar. Nunca había sentido
semejante congoja. “¡Maldición, sí, maldición!”, se dijo.
No bien cerró la puerta sintió deseos de volver a la calle,
ahora mismo hubiera dado hasta los mismos jirones por huir,
escapar... ¡lejos!, ¡lejos! Había tenido un día demasiado
amargo. La casa solitaria y oscura; atravesó la sala, el
largo pasillo hasta su alcoba, el cuarto que compartieron
innumerables veces le pareció desmesuradamente grande.
Se estiró sobre el diván.
“¡Es sólo una casualidad, una absurda eventualidad! –se
explicó para sí–. Estas cosas pasan. Hay indudablemente
otras. ¡Pero ésta es una portentosa coincidencia del
destino! ¡Qué sé yo! Un error. Algo.” Y se derrumbó,
estirando la cabeza hacia atrás con su pelo suelto.
Desde la despedida en el
aeropuerto, le andaba de sobremanera golpeando el corazón.
Hincó los codos en las rodillas y con las palmas de las
manos se tapó la cara, luego se las descubrió; su rostro se
puso a arrojar miradas extraviadas a los diversos rincones
del cuarto, como anhelando que estuviera en algún rincón, y
grito: “¡Muerto!” Se lo imaginó muerto, vestido con su traje
azul, y lloró desconsoladamente sin poder detener su llanto,
como un río caudaloso que jamás llegará al mar, vagando por
entremedio de las rocas que lo van hiriendo a su paso.
Así se quedó mirando el
cielo indefinidamente, oyendo un rumor, el ruido del mar,
poderoso y limpio, hasta quedarse dormida por interminables
horas. El sonido del timbre telefónico, sonó insistentemente
mientras el reloj de la pared deba las doce de la noche, se
sacudió el pelo de sus ojos, levantándose en forma perezosa
avanzó hasta la puerta de su dormitorio como una sombra y se
apoyó en el dintel, retrasando la contestación del auricular
que le traería noticias del exterior; pero ya no quería
saber nada que le perturbara aún más su tristeza, tomó el
auricular y escuchó una voz a lo lejos, cálida,
atractiva..., que le ocasionaba trabajo reconocerla y
creerla. Eran la voz de él, que le anunciaba que el avión lo
había perdido en el Aeropuerto de Quito, que no se
preocupara, que pronto, muy pronto, regresaría junto a ella…
Y se cortó la comunicación.
Lo único notable que
consiguió expresar fue: “¡Dios mío!”, y se llevó las manos
a la cara nuevamente, tal vez, para apartar todas las malas
visiones que había tenido en los últimos tiempos.
¡Estaba vivo! ¡Estaba
vivo! Y hasta, en efecto, lo olía. ¡Podía olerlo! Seguro, su
perfume..., la piel. ¡No podía tocarlo! ¿Palparlo? Como en
un cuadro de los que pintaba Yamir. El mismo aliento. ¡El
aliento! No lo tenía a su lado, pero estaba vivo. ¡Vivo!
Ella tenía razón; eran válidos sus argumentos. Una
terrorífica casualidad. Coincidencias del destino. ¡No es
natural!, es cierto, estas cosas no pasan. ¿Quién las va a
admitir? Extravagancias que ocurren y que salen a cada rato
en los periódicos se dijo.
A Yahima ya no le faltaban
fantasías e ilusiones para seguir viviendo, y comenzó a
llorar copiosamente, pero no de tristezas. “La perfección,
la alegría y la dicha tienen alas en los astros cósmicos si
uno lo quiere y desea con toda su alma”, pensó. No por eso
están lejos de la realidad. Hay vidas imantadas -¿eso eres
tú y yo?-, por misterioso e imposible que a otros les
parezca, o no sospechen, o no lo puedan percibir, y menos
imaginar.
Cuento correspondiente al libro “Un Adiós en el Aeropuerto
de la Habana”. publicado en diciembre del 2007
(c)
Luís Eduardo
Aguilera González - 2008.
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