Edición  - Internacional - 2,008 -   Lima-Perú
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Luis E. Aguilera.


UN ADIÓS
EN EL AEROPUERTO
DE LA HABANA
 

Luís E. Aguilera



UN ADIÓS EN EL AEROPUERTO DE LA HABANA



 

 

                               He cerrado mi balcón
                               porque no quiero oír el llanto,
                               pero por detrás de los grises muros
                               no se oye otra cosa que llanto... 

(Diván del Tamarit) 

Caminó muy lentamente sobre el piso cubierto de mármol, dando pasos imprecisos. Las plaquetas del embaldosado eran tan blancas y limpias que su imagen se refractaba sobre ellas, como si quisiesen fijar su imagen en uno de los cuadros del cilindro del celuloide para un próximo largo metraje y  retrasar la marcha que lo separaba definitivamente de Yahima, que irradiaba en sus ojos un gris de otoño. Él sentía la obligación de sostener la mirada, como si en ello se le fuese la vida.

    Ella le dio un mundo de calor y él se lo devolvió intensamente. Anhelaba imperiosamente trasformarse en un mago y detener el tiempo, que los minutos no avanzaran en forma tan inexorable, ya que tendría que dejar a su “cubanita”. Nada tan incitante para la confidencia y el amor: “Cubanita”. El diminutivo no tiene más misión que la de limitar, ceñir, traer a la habitación, poner en nuestras manos los objetos e ideas de gran perspectiva. Se limita el tiempo, el espacio, el mar, la luna, la distancia y hasta lo prodigioso. No queremos que el mundo sea tan grande ni el mar tan hondo, pensaba, ni la Isla más admirable, porque  la vida  siempre le  coloca intersecciones al destino y puede terminar por resquebrajarse.

    Tranquilos alrededor de una mesa, en lo más apartado de la multitud, se sirvieron un café y de esta manera ansiaron disipar en parte el sofocante calor que, aún en el interior del Terminal, se hacía sentir fuertemente -parecían estar dentro de un mal sueño-. Se tomaron de las manos, se miraron nostálgicamente, se prestaban atención por extensos e interminable minutos en cada uno de sus gestos; a la izquierda una cortina que el aire del ventilador apartaba por un momento y los dejaba ver el traslúcido  cielo azul; conversaban de diferentes motivaciones. Yahima insistentemente le decía:  “No me dejes de querer”; y se empecinaba en hacerle una serie de recomendaciones en torno a determinados aspectos que tenían que ver con su delicado estado de salud (resentida en las últimas semanas). Era la voz  maternal y apacible de Yahima que le hablaba.

    Sintió el frío cristal del vaso, buscó los ojos de ella, que estaban fijos en sus manos, respiró el aire de tristeza que de repente invadió el salón, tan ordenado y limpio. Oyó su voz, ahora con un tono distinto; quiso alzarse, no lo logró; en parte porque las piernas no le respondían. Yahima se levantó, él al fin también lo consiguió.

    Tras los espaciosos miradores polarizados del Aeropuerto “José Martí”, se alcanzaba a percibir cómo la luna se había cambiado de  lugar, también se divisaba a lo lejos el avión,  Boeing 757-200 de Aeroperú,  que descendía suavemente, como un gigantesco pájaro con sus  majestuosas alas blancas. Sin dilación se posaría  en la losa del Terminal; tendría que abordarlo precipitadamente, para luego ser  transportado a un territorio frío y húmedo, a  algún lugar del fin mundo, al otro lado del océano.

    ¡Nada es para siempre, y hoy, sentados frente al mar,  los miraba la luna...!

    Yahima observaba a hurtadillas, no quería pronunciar palabra alguna, porque sabía manifiestamente que si lo hacía no  conseguiría por ningún impulso controlar sus sollozos y él  partiría acongojado una vez más de su lado. De pronto, levanta la cara y lo mira con una fijeza como para  recordarlo durante cien años,  está frente a ella y solo parece querer mirar a sus ojos. Todavía hay desconsuelo en sus sentidos, pero su voz ha recuperado la ternura.

    No procuraba, de modo alguno, causarle gratuitamente más nerviosismo del que ya estaban reinaba en el ambiente; o que esta despedida se transfigurara en un laberinto y deshiciera de un solo golpe esos inesperados momentos que habían pasado juntos, visitando diferentes lugares de la Villa de San Cristóbal de La Habana, nombre asociado íntimamente al del comarcano Habaguanex, jefe de las comunidades nativas que moraban por aquel entonces esta región, y que en los años 1538-1555 se viera incendiada por corsarios y piratas, no dejando piedra sobre piedra; al igual que la ciudad de La Serena,  en Chile, a la orilla del mar, adonde él pronto llegaría:  “Distanciados, uno del otro, como las estrellas infinitas que se pierden y se desean recuperar”.

    “Para defenderla –le había explicado Yahima– de estas amenazas constantes, se edificaron castillos, murallas, torres: La Fuerza, El Morro, La Cabaña, La Chorrera, Cojímar, La Punta... Y tras sus almenas y baluartes, cientos de cañones en inacabables vigilias se empinaban al horizonte”.

    La tomó nuevamente de la mano y caminaron muy lentamente por la ciudad vetusta y pintoresca, que alberga bellos ejemplos de conservación de la magnífica construcción colonial, con sus escaleras  de mármol, balcones de hierros forjados y arcadas de maderas  que adornan las fachadas de numerosas casas añosas,  construidas en su mayoría con piedra caliza de color coral claro.

    “Esta ciudad posee un hechizo privativo y característico”, le dice Yahima y él le contesta: “Si alguna vez me pierdo por este mundo, búscame en algún rincón de La Habana”.

    El recorrido los llevaba al Capitolio de la nación, La Capitanía (que ampara las dependencias funcionarias del capitán del puerto), el Palacio Presidencial, la Biblioteca, la Universidad de La Habana...la Plaza de Armas, lugar donde sucesivas ceibas han rememorado aquella sesión inaugural que debió dar sombra al primer Cabildo y hoy lo inventaban espléndidamente en cada uno de ellos. El Museo de la Revolución, con balas adheridas a la pared, la Fortaleza de El Morro, levantada en el siglo XVI, el Convento de Santa Clara, el Castillo de la Real Fuerza, la Catedral de La Inmaculada Concepción, que data de 1656 o la Oficina de Correos de 1575; el Castillo del Príncipe desde donde echaron una ojeada  gustosos hacia la bahía... Todo, todo los magnetizaba.

    –Si me imagino cómo es la ausencia, tengo que pensar en ti. Necesito de ti al final de mis noches,  en mis sueños y destinos le decía él.

    La parte vieja de La Habana, en su trajinar, se reconcilia con una ciudad de talante moderno, de sorprendentes reconstrucciones públicas y religiosas, en el que predominan las moradas ostentosas de amplias avenidas arboladas. Numerosos jardines públicos de la ciudad; en los cuales muchas veces se encontraron bajo la persistente llovizna.

    Él piensa: “Un jardín que se visita, que no se vive. Que se vive para los turistas. Es el destino de todo aquello que no se vive”.

    La intimidad nocturna los sorprende en las canciones de Pablo Milanés, bailando una balada de amor en donde sienten lo que es realmente un jardín. De alguna manera persisten y  coexisten la plaza de la Fraternidad, el Parque Central y Colón, con sus brisas en el  recuerdo. Y desde luego, en la fantasía, porque aprendió que aquí no sale el sol, pues jamás se oculta.

    –¡Cuándo estoy lejos de ti, las estrellas no brillan, es como si yo tuviera tanto cielo y no lograra  concebirlas...!

    La Lanchita de Regla, la cual abordaron en varias oportunidades para ir a tomar helados de canela al municipio de Regla, y más tarde recorrer diferentes calles empedradas que se atesoran desde la colonia; para después descansar a la orilla de la fuente de la pequeña plaza. Eran muchos los sitios como: Guanabacoa, Arroyo Naranjo, Cotorro, Boyeros, La Habana del Este, Playas, La Lisa, en que encontraron la magia de las noches, en las cuales él hacía que su cuerpo se rindiera antes sus poemas  de amor, durante los días  que estuvieron juntos, en las candentes arenas blancas y transparentes de Guanabacoa.

    –Si no tengo tus labios para sentirlos, me sobra todo.

    La voz transferida por los parlantes del aeropuerto, llamaban a estar sobre aviso para abordar el próximo vuelo. Esto los regresó al presente, con su implacable realidad: la inminente  partida. Fue el primer llamado, el momento en que los pasajeros del próximo avión debían liar los bártulos. Un revuelo de pasos, bultos, palabras tristes, alegres, revolotearon una y otra vez en el aire espeso, exageradamente recargado de congojas indivisibles. Los invadió una dulce humanidad, un enternecido recogimiento, pero sintieron un nudo en sus gargantas que les sofocaba, que no les permitía expresar sus últimas  palabras. Todo, todo lo que ellos objetivamente sentían.

    –Yahima, júrame que el tiempo no me sacará de tus pensamientos, que la pasión de hoy será siempre un recuerdo en el mañana.

    De súbito, las evocaciones de aquel día feliz en que visitaron la Isla de la Juventud. Habían partido de  madrugada desde su casa con balcones -en donde le contó innumerables veces la historia de su vida-, situada en la calle E, esquina 23, con sus mochilas cargadas de expectativas. Fueron incontables las veces que se solazaron en ese mismo lugar con las puestas del sol, cuando ya se iban los primeros claros del día que se derramaban en mil colores al ingresar en el verde y oscuro mar del Malecón.

    Caminaron hasta la esquina, y allí las miradas se perdieron, extendidas en todas las direcciones, por  la calle, en la que no corría una gota de viento, no se veían ni oían carros, parecía a esa hora una ciudad muerta. Remontaron la pequeña pendiente de la calle E, hasta llegar a la 29; en seguida, franquearon por los entornos del único edificio solitario e iluminado que se localizaba en la melancólica madrugada. “¡Amanecer cubano, piensa; amanecer cubano!”. Era el hospital. Seguidamente se deslizaron al solitario y frondoso  parque, hacia el Terrapuerto para abordar el ómnibus que los llevaría por las campiñas majestuosas de Bejucal, La Salud, Quivicán, Melena del Sur, para finalmente encontrarse con el silencioso mundo del surgidero de Batabanó, al otro lado de La Habana.

    –Nos vamos –le dice ella, acercándosele con todos los perfumes del mundo sobre el pelo, que ahora lleva suelto.

    Al llegar allí tomaron un frugal desayuno, café con leche y un esponjoso pan con queso y tocino, que los vigorizó para recomenzar su nuevo viaje matutino, adentrándolos en una  nueva aventura; pero esta vez por mar. Yahima lo espera en la esquina, él sabe que no está solo y le devuelve la alegría.

    “El Cometa”, de color celeste y blanco, era una barca más bien pequeña, pero muy confortable, similar al compartimiento de un avión, con sus ventanitas pequeñas, pero sin alas. Era la encargada de hacerlos sorprenderse por entremedio de los abundantes islotes: La Manteca, Quitasol, El Inglés, San Juan, Bocas de Alonso, Matías, Hicaco, Aguardiente, Divisa de Piedra, Estopa, Rico, Cantiles, Rosario y Callo Largo -a donde acuden a desovar las tortugas, siendo  el único islote que se encuentra habitado. Ellos confiados esperan, que el futuro llega algún día. Cada palabra pronunciada por Yahima lo hacía soñar. El conjunto de estos islotes  se extienden asombrosamente a lo largo de todo el viaje; son 150 km., sobre un mar de aguas serenas, de escasa profundidad, custodiados por grandes arcos de manglares, formando un rosario de islotes de superficies muy reducidas, de origen cuaternario, y cimentadas directamente en la  caliza. A su paso se destacan los manglares, en los que predomina una vegetación de marisma, refugio de la fauna marina más variada: langostas, tortugas, ostras, chernas, esponjas y coral. Aves de extraordinarios colores: flamencos y cotorras que él nunca había visto, los saludan al pasar, entregándolos a una asombrosa complacencia. Yahima, que ya había viajado en el “Cometa”, se siente presumida y regocijada junto a él. 

    –Piel adentro amontono mis recuerdos, anclados en un puerto a orillas del mundo.

    La ciudad de Nueva Gerona los espera, junto a nuevos y cordiales  amigos. Yahima se muestra copiosamente feliz, con sus ojos preparados para apresarlo todo. ¡Él cree que sin esa contemplación y sensibilidad por las cosas que se van a vivir, no nacería ningún poema! “Hoy lograste atraparme con la ausencia y en este momento recorro tu amor en solitario...”

    Cada vez se apartaban más de La Habana y el puerto de Batabanó, sus luces se esfumaron después de la radiante aurora. El Cometa, quejumbroso, pesadamente avanza, dejando a sus espaldas un vestigio de espumas refulgentes. Ya situados en el mar translúcido del Caribe, en la monstruosidad del mar, los delfines  salen a su encuentro desde las exiguas profundidades para saludarlos jubilosamente. Unas lanchas más pequeñas se trasponen  en su  navegar, al suroeste de Cuba, apartándose testarudamente,  aún más.

    –Quise borrar tus recuerdos y en el presente escondo tu olor como un tesoro y todas las noches me lo llevo a la cama. En mis sueños mejores, sueles estar tú.

    Yahima le explicaba que la Isla de La Juventud es la mayor del Archipiélago de los Canarreos (2.200 km².), con una elevación máxima de 303 metros de altura, localizada en la zona norte, desde donde sus ojos un día se recrearon al mirar los pinares y las sabanas., Ella lleva puestos unos chores blancos muy cortos que dejan al desnudo la redondez de sus muslos que precisan los contornos de sus extremidades. Un pulóver color bondadoso que transparenta los rosetones de sus  pequeños pezones. Él siente un hormigueo poderosísimo por dentro y la mira, la mira y la mira, y Yahima sonríe, sonríe.

    Después encontraron a su paso La Finca El Abra, La Demajagua, hasta llegar a la Ensenada de la Siguanea, y con  perseverancia alcanzaron Playa larga, Cuevas de Punta del Este, para seguir el deslizamiento a Cayo Piedra, La Fe,  Júcaro, Playa Bibijagua, para luego volver a Nueva Gerona. Los admirables amigos que los llevaban en su pequeño auto Lada, color rojo, les  exponen pormenores que los cultivan  profusamente, como “que la economía de la isla se basa en el turismo, la pesca y la agricultura”.

    La ansiedad de todos por calmar un segundo la sed, provocada por el sol ardoroso e indeterminado, les permite dedicarse de lleno a la contemplación fervorosa, seduciendo todo cuanto ocurría a su alrededor, pero con la sed permanente, vibrante que cruje en las gargantas hechas fuego, deciden finalmente atravesar la calle con Yahima y comprar en un puesto frutas tropicales: mangos, aguacates, guayabas, limones, papayas, bananos, naranjas, cocos y piñas. La morena dependiente le pregunta a Yahima: “¿Chileno el señor?”, y ella la mira interrogante, luego le guiña un ojo y a insistencia le responde que sí.

    Mientras comentan que no se aprecia mucha gente en las calles, con el compañero y amigo Israel, éste les precisa que el  centro administrativo es Nueva Gerona, que es además la capital, donde habita la mayor concentración poblacional de la isla, con un total de 73 000 habitantes según estimaciones del censo de 1990, y prosigue su cátedra Jorge acerca de los orígenes:  “Fue descubierta por Cristóbal Colón en 1494, la bautizó con el nombre de Evangelista, estuvo habitada por largo tiempo por esclavos y piratas que escaparon tras la Guerra Hispano-Estadounidense. España perdió la isla pero fue, como siempre sucede, reclamada por Estados Unidos. Sin embargo, con justicia, el Tratado Hay-Quesada, firmado entre ambos países y ratificado en 1925, confirmó la soberanía de Cuba”.

    Por la tarde se dirigieron al Presidio Modelo, “El Elefante Dormido”; obra de monumental construcción del sufrimiento. La guía que los escoltó en su recorrido por disímiles dependencias, los inquietó de tal forma con sus relatos, que aún hoy en día persisten. Yahima le comenta al oído que a los umbrales de la década del ’50, Fidel Castro, actual Presidente de Cuba, fue encarcelado en esta prisión, donde escribió su alegato “La historia me absolverá” y “Cartas desde el Presidio”.

    La voz del altoparlante, al llamar a  los pasajeros, cortó en forma abrupta todos sus pensamientos y se dio cuenta que Yahima tiritaba; se acercaba el adiós definitivo y  advirtió  que no podían retroceder, que todo llegaba a su  consumación. ¡Únicamente sería una  dulce evocación en los recuerdos de ella! De eso no podía estar completamente seguro; esos escasos minutos que les quedaban eran solamente para ganarle tiempo al desamor, al abandono. Sus bellos ojos almendrados centellearon misteriosamente, en forma  apremiante gritaba su corazón, mojado en lágrimas. Le prodigó un abrazo que parecía querer fundirla  categóricamente en él para toda la existencia; besó sus labios, arrulló su cara y sus cabellos en sus brazos, sin tiendo su frente ardiente contra su pecho. Los dos están nerviosos. Era el homenaje último que se daban, como grandes y leales compañeros de tantas horas compartidas.

    Cada vez que él  llegaba a buscarla, para ella el cielo se trasladaba  a su ventana, sus tristezas se transformaban incomprensiblemente en satisfacciones, pero cada vez que él se iba, se le eclipsaba imperativamente el sol.

    Él todavía se acuerda del minuto exacto, cuando la vida le procuró la ocasión de conocerla. “Iba pegado al cielo y apenas te sentí/ me descubriste todo de una vez...” Coincidencias del destino. Estaba derribada en el travesaño del balcón del segundo piso de su casa, su vestido rojo, con rueditos blancos, muy ajustado a su cuerpo, un peine en la mano. Las estrellas en su pelo, rizado y  humedecido, dejaban sin aire al mismo aire, libre al viento, sus ojos grandes, manos finas, pies delicados, de un circular acompasado y gracioso. Él la tenía en la mira desde la calle, consignándole un gesto, allí estaba la posición de oro del crepúsculo. Ella levantó los brazos sensualmente para recoger sus cabellos, y volcarlo todo, de una sola vez a su espalda; inminentemente se distinguieron a la distancia unos pezones que se le notaban suavemente en la blusa, relucieron unos pendientes artesanales de confección cuidadosa. Le respondió con una señal de su mano levantada.

    Una tarde, al regreso de un breve paseo por el Malecón, Yahima lo esperaba, en el portal de su casa, erguida, con su pelo rizado al viento, dotada de una belleza    sorprendente y de sopetón le dijo: “¿Tú eres escritor verdad?”,  en un tono de quien ha descubierto algo muy importante. “¿Por qué?”, interrogó él, en un susurro semejante al que ella había usado para preguntarle. Yahima se le acercó más.  Se esforzaba por transmitirle una especie de mensaje, participarle de algún secreto o algo indefinido que él era incapaz de desentrañar. Raudamente le preguntó la hora, él le respondió quedamente y se eternizaron en una plática hasta el desmoronamiento de la tarde, respirando hondamente la luna, para que sus almas se transfiguraran en inseparables desde aquel día.

    Se vieron después varias veces en el parque, disímiles vagabundeos por diferentes contornos de la vieja ciudad: la cafetería, una librería, buscando algún libro de Pablo de la Torriente Brau; o en aquel cine de la Avenida 23, en el que parecía proyectarse sólo para ellos dos -a pesar de la cantidad de cubanos que se hallaban a sus alrededores-, la cinta argentina “La noche de los Lápices” (era esa película, no le cabía duda). Sentados en la gradería, ambos sentían el deseo uno del otro, sin tocarse -bésame el espacio entre mi cuerpo y tu silueta, por favor,  insinuaba ella sin palabras-. Él estaba pendiente de ella,  que intentaba en vano arrancar con su abanico un poco de aire para él. Yahima, al mirar la pantalla, sólo veía una mancha nebulosa que en la perturba abre los ojos, los cierra, los abre  y lo contempla largamente.

    Fue una película doliente, ella ni siquiera se alegró  una vez. Al retornar, hablaron muy poco; Yahima transitaba espigada, con la vista fija al frente.  Introduciéndose quizás en las sombras que iban de un  lado para otro envolviendo la esquina. Ahí, él se da cuenta, soberbiamente, que la extraña y al llegar a  la luz del portal de la casa no se contuvo y le aseguró que había sentido un placer muy grande el estar con ella esa noche; luego pasó su brazo sobre su hombro y  se comprimieron, uno contra el otro,  sintiendo sus caderas, su pelo, sus pechos; besó su cara y sintió el sabor salado de sus lágrimas.

    Desde ese día se convirtieron en inseparables andantes, en fieles y  permanentes  compañeros, por todos los recovecos de la ciudad se les veía juntos. Él aún recuerda cuando subió  lentamente los escalones del portal y entró a  la casa; ella se percató de la presencia de él, desapareciendo, pero le dejó la puerta entreabierta, era una invitación; así, él igualmente subió los escalones de mármol, empujó la puerta de su alcoba, luego la cerró, tras la cual una luz tenue se proyectaba en la puerta y  ventana de la calle E, sus cuerpos danzantes.

    A tanta distancia, buscaba una salida a sus laberintos de sombras, la revelación de una recordación, veía su sombra en el rostro de la azafata al fondo de la cabina del avión. Un primer pensamiento lo empujó hacia ella, quería avanzar por el pasillo, necesitaba hacerlo para no perderla, escuchar su voz suave, cálida, atractiva. Pero allí, había un silencio profundo y pesado, era la inexistencia de  Yahima.

    En el casco antiguo de la urbe, situado cerca de la entrada interior del puerto, estaban las avenidas más notables por las cuales habían circulado de la mano tantas veces, custodiados singularmente por las estrellas y la luna. Sus remembranzas se inclinaban por todas partes, su presencia de andantes entusiasmados del Paseo del Prado (Martí); las Avenidas del Puerto, Salvador Allende (Carlos III), de los Presidentes, Simón Bolívar, Paseo, Agramonte, la Alameda de Paula, las Misiones, El Malecón, o por donde inconmensurables veces  fueron  entremedios de vías estrechas y tortuosas: Tacón, Empedrado, Tejadillo, Obispo, Mercaderes, Churruca, Muralla, Lamparilla, Amargura, Bernaza,  Cristo, Trocadero, Refugio, y otras.

    Caseríos que mostraban un aspecto ruinoso, pero que poseían un embrujo especial,  de interés histórico, que le llamaba abismalmente la atención: “Balcones mirando otros balcones al otro lado de la calle invisible. Unas prendas interiores minúsculas batiendo sus intimidades sobre barrotes de hierros polvorientos, calcetines de hilos, guayaberas, trusas, colgando de un cordel, goteando a nuestros pasos pausadamente”. Examinó estos retazos de  colores indefinidos, como parte de vidas regocijadas y solitarias, de seres aferrados al exilio del  progreso de la capital.

    El sonido del avión le traía insistentemente a la realidad, a través de la ventana vio  todo nublado; así, con la nostalgia de lo más querido, pasaron por su mente una cadena infinita de recuerdos, los queridos y los más temidos, trataba de  inmortalizar el último momento en el que hablara con Yahima. Buscó en el recuerdo algo significativo, como cuando  él llegó de sorpresa al balcón donde se encontraba descansando, ella estaba en  la mecedora, bajo la única luz prendida, y lo miró. Imperiosamente él avanzó lo suficiente, Yahima sonrió, salvaguardando la expresión hasta que él llegara a su lado y se inclinara para besarla.

    Se cubría sólo con lo esencial,  prendas mínimas, ligeras, para atrapar la imperceptible brisa que aguzaba mucho más sus formas que la propia desnudez. Sentía a la distancia la tersura de su piel, sus muslos curvos y tersos. “¡Es que hace un calor!”, dijo. Sentía adivinar sus inclinaciones, y él estaba plenamente seguro de no haber señalado palabra, y no halló sino, una gran seducción de parte de Yahima.

    Viajando un día por la estrechez de las vías Compostela con Peña Pobre, una mulata con su ritmo ondulante y cadencioso, que al caminar se le hundía la tela finísima del vestido entremedio de sus nalgas, diseñándole notoriamente sus piernas pulimentadas y musculosas; sus pechos redondos, subiendo-bajando-bajando-subiendo, alternativamente, paseando impúdicamente sus caderas ajustadas a punto de estallar, frente a sus ojos, los detiene a ambos para ofrecerles un delicioso batido de mamey  con hielo picado y azúcar, mucha azúcar (aún hoy la inmortaliza y añora!) Cómo no poderla recordar.

    Más tarde, se deleitaron bebiendo en otras expendedurías ubicadas en las esquinas, jugos de pomelos y naranjas, que los refrigeraron una vez más, porque el sol refulgente provocaba  definitivamente estragos  en  cada uno de ellos.

    La voz del altoparlante hacía un nuevo llamado perentorio a los pasajeros del Boeing 757-200 de Aeroperú, cortando la conversación. Él afirmó sus pies temblorosos en el parquet del salón de recepción. Sus ojos negros, electrizantes, toparon con los de Yahima, sedosos y penetrantes, que despedían destellos de desconsuelos irrefrenables, aumentados por las luces que guiaban sus pasos torpes, desalentados, pulverizados. Ella necesitaba imperiosamente dejar grabada su imagen, sus rasgos en el último adiós, en el subconsciente.

    De regular estatura, de unas cuarenta y tantas estaciones a cuesta, de cabellos ensortijados, con incipientes hilos plateados en sus sienes, piel levemente tostada por el sol tropical; vistiendo un impecable traje azul de gabardina, “un príncipe” para ella, de los que describe Dostoiewski en las comarcas troveras de las estepas de Rusia.

    Yahima no quiere descubrir su amor, pero sus ojos no la engañan jamás,  por lo tanto también deseaban manifestar su odio por la inquebrantable partida. Son una escritura, siempre se lo señaló. Apresuradamente, él levanta su rostro con sus dedos dóciles y la observa por última vez, antes de traspasar la compuerta de la despedida final, alza reiteradamente su mano en señal del “nunca más”, del adiós definitivo.

    Él siempre pensó “que los seres que viajan desprovistos, despojados de ternura, de vínculos, son los que quieren abrigarse en el despeñadero de las derivaciones superficiales y eso era la antesala de los débiles”; quizás por eso si hubo tempestad, es porque apareció  ella, Yahima,  que surgió como el sol de la madrugada, hablándole en secreto, declarándole su amor.

    Él cantaba una canción: “La calle se me hace estrecha/ con la alegría que tengo./ Sin haberlo imaginado,/ cariño mío, te encuentro./ Para qué seguir rodando/ como la piedras al vacío: / Yo aprendí que caminando/ puedo conquistar lo mío./ El ir y venir luchando/ por las cosas más queridas/ si bien nos gastó las manos/ nos deja abierta la vida…” Y le dilapidó esa noche un aroma en cada uno de sus besos. No conseguiría olvidarla tan fácilmente. “Porque algo sublime es una satisfacción para siempre”. Y esto, como es obvio, vale para un poema, un cuadro, una sonata, una escultura, un cuento.  Para cualquier acto de la creación.

    Por el doble vidrio, miró el verde mar, vasto e infinito; recordaba con precisión cada una de las sensaciones que experimentara mientras la evocaba, y tan intenso era el recuerdo que casi se hizo material: la tersura de su piel, sus caricias, el roce de los labios; la deseaba con el mismo ardor de la primera vez. Ahora resplandecía como una esmeralda de esas que las mujeres, con sabiduría, esperan en las orillas de sus mares. Él la tenía en su alma, en lo más profundo de su ser y la proyectaba en sus adversidades, a la distancia.

    Las nubes tan blancas lo hacían inmortalizar la orilla del  mar por donde caminaron indistintamente. Los trajes se adherían a sus cuerpos de tanto bailar, la banda de músicos retumbaba, mientras otras aguardaban su turno. El baile se animaba y él se regocijaba mirando a los cubanos tan contentos, con sus sombreritos de yarey, con una cinta azul a su alrededor, proyectando el ojo y bailoteando con el puesto. Las mujeres exhibían trajes vivaces, tan comprimidos, que parecían serpientes con sus ritmos tortuosos, bailaban con ademanes atractivos y sensuales, firmes y continuos, más que los golpes de las olas que abofeteaban, insolentemente el muro del Malecón.

    Salieron a la terraza, casi todos habían bebido hasta pasar de este mundo al otro. Yahima se dirigió al bar  para traer un daiquiri. Prontamente vino una mulata y le dijo: “¡Buenas noches!  ¿Qué tal? ¿Bailamos?” Él la miró y le contestó: “Más tarde”. La morena miró a Yahima que se acercaba rápidamente en forma desafiante. La morena respondió: “¡Hasta luego! ¡Pronto nos encontraremos, adiós!” Él se acercó rápidamente a Yahima, necesitaba vivirla un poco más, sin miedo, sin apariencias, y le dijo: “¿Vamos a dar una vuelta, a otro lugar?” Sus ojos se transformaron en dos estrellas que iluminaron todo el universo. “¿No te entretienes, verdad?”, le señaló, hablando bajito. “No mucho, no estoy para estas andanzas esta noche. Ya vi la alegría de la gente, ahora quisiera irme, transitar la noche, descubrir el lado oscuro de la luna y estar solo contigo”. Así, la más bella de las cubanas se le aproxima, anda junto a él, rozando su cuerpo, sus contornos.

    Las quimeras saltan por doquier, un pedazo de la noche alcanza la eternidad, o toda la vida, las fantasías les van humedeciendo sus sueños. Miró el vaso que sostenía en su mano, el hielo flotaba en  el Ron Carta Blanca, bebió un trago largo, muy lentamente,  sintió que le quemaba por dentro,  primero como  una brasa en la garganta,  pronto un bálsamo cálido en el estómago, después de beber, hizo una mueca, miró para todos lados y escribió: “¡Yahima!”

    Aquel día peregrinaron por diferentes correderas de La Habana Vieja, la muchedumbre iba y venía, las luciérnagas de la noche los acompañaban en su parsimonioso  caminar, después regresaron al punto de partida, cerca  del túnel que une Miramar con El Vedado. Les moja la lluvia esporádicamente, y las gotitas de matices  heterogéneos pasean por sus caras.

          –¿Vamos al Café Cantante, y bebemos algo? –le propuso  a Yahima–. ¡Necesito tomar algo, estoy deshidratado!

          Ella aceptó de buen agrado -había que hacer durar ese instante fugitivo-. Le tomó suavemente de la mano y se fueron abrazados por la vereda empedrada, haciendo repiquetear sus tacos que tronaban en la oscuridad, alejándose apresuradamente de todos, llegando a Paseo y 39.

    Más tarde, ya trajinada la  noche, él quiso llenar  su  corazón, viajar sin términos su cuerpo, de norte a sur -su fragancia era tan exactamente su esencia- a la orilla del Malecón. Sintió, incluso, las cosquillas de su respiración junto a su mejilla. La luna se transforma en pergamino, y cuando está en cuarto menguante es un “ajo de agonía de plata”; los carámbanos dejados en los balcones por la lluvia, son también de luna. La Habana es una luna ahogada entre los balconcillos cubiertos de hiedras.

    Confiesa que la quiere, que se ha enamorado perdidamente de ella, que conociéndola ha descubierto un nuevo mundo de contingencias, como un Polo Montañés, recién llegado  desde Las Terrazas de Pinar del Río a La Habana. Y la selló, recitándole gradualmente al oído,  mientras las olas del mar magullaban testarudamente  el muro del Malecón: 

    Mi táctica es

    mirarte

    aprender como sos

    quererte como sos  

    Mi táctica es

    hablarte y escucharte

    construir con palabras

    un puente indestructible 

    Mi táctica es

    quedarme en tu recuerdo

    no sé cómo ni sé

    con qué pretexto

    pero quedarme en vos

    Mi táctica es

    ser franco

    y saber que vos sos franca

    y que no nos vendamos

    simulacros

    para que entre los dos

    no  haya telón

    ni abismos 

    Mi estrategia es

    en cambio

    más profunda y más

    simple 

    Mi estrategia es

    que un día cualquiera

    no sé cómo ni sé

    con que pretexto

    por fin me necesités. 

          El poema que conspiraba contra ella, era “Táctica y estrategia”, de Mario Benedetti, que su “Mulatita Caribeña” de ningún modo había escuchado, y que le pareció incomparablemente apasionado. La noche también  se confabulaba lanzando sus chispitas de olores a mar y humedad, los invadía una dulce piedad, un enternecido recogimiento y a Yahima se le enfriaron las manos, como si el corazón hubiera dejado de latir y dijo: “¡No me dejes, no, no me dejes, no!”

    En esa inesperada confusión, la fantasía les fue mojando sus sueños y se consumieron en un cuarto con grandes ventanales que dominaban todas las luces parpadeantes del  espacioso y hosco Malecón. Como se sabe, el agua circula en La Habana, dentro de los edificios y fuera de ellos.

    Él piensa: “Es la nostalgia que se apodera de los que vienen del desierto. Pero también es la simbología más subterránea. La profundidad materna de las aguas que van hinchando  los gérmenes y los van haciendo surgir de las fuentes mismas del agua, es una materia que por todas partes de La Habana uno va viendo crecer y nacer”.  La Isla es un origen irresistible, un nacimiento continuo de imágenes tan grandes que marcan a fuego el inconsciente que gusta de ellas y suscitan ensoñaciones sin fin.

    Choques de confusión en la noche  del cuarto de “Dos gardenias”, con el único centelleo lunar de la habitación que los ilumina, a través de la ventana abierta, y con esa escasa luminiscencia vio su cuerpo desnudo, era una ondulación que hacía resaltar particularmente sus caderas y todo su cuerpo lustroso que cabalgaba como deslizándose sobre  el viento.

    La feminidad de Yahima resultaba enternecedora, a media luz, a media noche; cerquita suyo la vio, semi-dormida; ella puso sus manos en el torso de él, se abrigó sus propios pechos que los descubrió desnudos; concibió en la piel de la espalda la textura de una sabana anónima, una cama desconocida, una habitación ignorada, posteriormente entre sus brazos; enlazada con sus piernas  la contempló en paz, con el brillo de sus ojos pegado a los suyos, con ese cefirito que daba su inspiración. Aún podía sentir las ropas abiertas, los pechos de Yahima, sus manos, sus labios infinitamente más suaves que el pétalo delicado de una flor,  quizás soñando en sus coincidencias, sus destinos. De tal manera, los encuentra el amanecer, como un suspiro que golpea pacíficamente sus rostros.

    El avión ya se había alejado decisivamente de la Isla, se acomodó en el asiento, trató de cerrar los ojos, borrar de la memoria todos aquellos intervalos, pero la imagen  de Yahima regresaba una y otra vez. Ella siguió sola en el aeropuerto, porque en estos  casos la fatalidad recorre los orígenes alados del tiempo. “Algo pareciera que va hiriendo y el luto invade seguramente su corazón”. La inventa, la idealiza, se imagina a Yahima, se entristece, respira hondo y dos lágrimas caen de sus ojos.

    Se percata que Yahima no había llorado por su situación, por la irremediable separación, por los quebrantos tempranos que le propinaba la vida. Tal vez, fue entonces cuando se dio cuenta de su realidad, y se humedecieron definitivamente sus ojos. Él pensó: “Cuando se sienta  verdaderamente sola en su habitación puede que llore, apretando su almohada”.  Porque Yahima  entenderá que la vida es un incidente muy pequeñito. Todo  lo descubrirá cuando él ya definitivamente  no estuviera nunca más a su lado, el no verlo más se le haría realidad y en la soledad más absoluta del atardecer suspirará.

    ¡El nunca más...! ¿Lo llegaría a saber Yahima? ¿O quizás sólo lo vislumbraría...?

    ¡Mar del tiempo! ¿Qué anclas pueden resistirse en la isla del Caribe? ¿En cada cuento, perpetuidad e inmortalidad? ¿Qué obsesión estampaba la transparencia y suavidad del avión en el aire?

    La voz del capitán de la aeronave lo sacó por unos instantes de sus íntimos pensamientos. Anunciaba  que  se encontraban sobrevolando la ciudad de Quito y pronto descendería para aterrizar en el aeropuerto Mariscal Sucre. La transmisión  lo situó de sopetón en la insalvable  realidad de su nostálgica historia.

    Mientras el contrabajo del conjunto  musical de aquella noche,  persevera fijo y limpio en su mente,  el  “chello” enardecía sus acordes. Pronto se acercó a ellos el violinista -le vienen de golpe las evocaciones, todo junto- y Yahima  le  pide que entonaran “Historia de un amor” o “Aquellos ojos verdes” de Dámaso Pérez Prado; pero que no desistiera de tocar por ningún motivo  “Siboney” y  “Siempre en mi corazón” de Ernesto Lecuona.

    Aquella vez, consiguieron escuchar y bailar esas melodías  románticas, boleros de Manolo Castillo: “Y te quiere conocer”, “Mensaje a mi amor”, de Daniel Castillo. Él titubeaba, seguía con sus recelos y aprehensiones. Demoraba bastante en entender sus inseguridades y planteamientos. Pero Yahima lo instó a vencer todo aquello, porque fue explícita para que él acabara de una buena vez aceptando la situación.  En ese  clima, en ese anonimato respectivo  se le desplomaron las caducas aprensiones en que lo formaron. Encontrar en cada aliento algo que no debía ser, a no amar a una compañera, vivir pendiente de las deudas con la sociedad, lo que le producía continuos sobresaltos, y reírse finalmente de las ironías que discernía en su  mente.

    También conoció el espíritu, el pensamiento, las luchas imborrables de los cubanos,  de las que había sufrido en su alma  y su cuerpo. Yahima, como presidenta del C.D.R., fue motivo de su admiración cuando le susurró al oído: “No existe un momento del día/ en que pueda apartarte de mí/  ya todo parece distinto/ cuando no estás junto a mí./ No hay bella melodía/ en que no surjas tú/ y no quiero escucharla/ si no la escuchas tú...”

    Sentado en el asiento del avión se preguntaba: “¿Cual será  el título de mi próximo libro?  ¡Ah, no lo sé, lo que sí sé, es que nunca estuve tan consciente para concebir  un cuento para un libro, que llevará retazos de estas imborrables historias…!”

    Bailaron uno tras otro esos grandiosos boleros...   Sutilmente la invitó más tarde para reiniciar la caminata a la orilla del mar, que a esa hora apenas lamía la playa. Las  arenas muy blancas y finas, de una absorbente calma. Seguían a las aguas, las olas a las olas, los matices resplandecientes a los refulgentes, mientras sus cuerpos leían a dos voces: “Ámame como soy,/ tómame sin rencor,/ tócame con amor/ que voy a perder la calma./ Bésame sin rencor...” Uno adherido al cuerpo del otro, susurrante ante las superficies oceánicas de aguas transparentes, cantarinas y tranquilas, de una variedad de azules que tanto los excitaba -gaviotas, pelícanos y furtivos delfines desde lejos los acompañaban en esa inigualable noche de amor-. Era verdad su verdad cuando la primavera del mundo los enlazó en la aurora de una comunicación perfecta. Los panoramas negros son transformados en conserjes para regocijo del blanco.

      –¿Eres felíz, Yahima?

          –¿Por qué me lo preguntas, si ya lo sabes?

          “Soy felíz  ahora y la felicidad suele ser tan transitoria en el amor, pero tú sabes amar y me has hecho sentir como tú...” Y después le musitó al oído que “nunca había sentido  tanto placer y felicidad en la Isla; dichosa estoy contigo, pero yo no podré borrar jamás esta noche, ni todas las noches junto a ti. Sí, una noche como ésta puede y debe quedar pintada o escrita en la memoria, en el corazón, en los sentidos, en mi cuerpo, por siempre y para siempre; testigo es el cielo, la luna y las infinitas estrellas. Es y será mi noche, la noche más hermosa de Cuba”.

    La mirada de él vuelve a un punto perdido de sus recuerdos...., cuando  le dijo que la quería y Yahima en lugar de responder, levantó la mano izquierda, se la llevó a la sien haciendo trencitas en su pelo, cerrando los ojos. Él ve sus labios temblorosos y una lágrima rodar junto a la nariz cayendo sobre el plato. Ella lo abraza fuertemente, lo besa y le contesta que nada deseaba tanto escuchar. Un hombre que la comprendiera, que la hiciera feliz, que nada la había hecho verdaderamente feliz, concebirse tan bien. La ve levantarse mudamente y marchar en dirección a la cocina

    En esa encrucijada, se recuerda claramente, llevaba unos pantaloncitos de seda, considerablemente efímeros, era como si estuviese desnuda; su camisa roja, nada por debajo, como para sentirlo más suyo. Nunca esa visión fue tan excitante, sus pechos sinuosos se dibujaban en la tela, los ojos de él persiguieron el movimiento de sus caderas redondas, firmes, y lo más probable era que  no deseaba que se movieran en esos precisos momentos.

    Cambia la mirada hacia otra dirección, a la cocina, pero sabe que no la puede esquivar, él está al tanto, convencido de que lo está esperando, de pie, recostada al fregadero. Se pregunta si será sensato ir hasta allá, y se molesta consigo mismo. No tiene por qué reflexionar en la cordura de esa tarde.

    ¿Pensará en  los sueños a esta hora Yahima?  ¿Habrá huido de sus ojos “La aurora”? ¿Verá el Apocalipsis que se  adivina sobre la ciudad que la espera?

    Aquellos cánticos del agua -¡dirá, quizás Yahima! La oía yo cada vez y menos al mismo tiempo; excepto porque ya no era externa, sino íntima, mía; la brisa salobre del Malecón era mi vida, mi deseo de vivir junto a ti,  y yo  oía el concierto de mi subsistencia y de mi sangre en el agua que corría y se sustentaba blanca como la espuma del mar, y este llanto tremendo muestra la nostalgia de un paraíso perdido.

    Durante todo el viaje, la imagen encubierta del recuerdo de Yahima interrumpió los lapsos más dolorosos, o le permitió alcanzar con la imaginación voluntariamente lo que los sentidos no pueden  apreciar, pero él insistió en inmortalizar lo recordable. Miraba el vaso, pues le parecía ver su reflejo en el transparente líquido amarillo. Quiso tomar otro trago de ron, pero el vaso a esa altura se encontraba  vacío, fue una inclinación en vano, similar al de quien va a remontar un peldaño y no lo consigue.

    Posiblemente, cuando al anochecer se cierre la verja a sus espaldas, encontrará la  nostalgia del agua, esperándola inmediata con la melancolía del paraíso perdido. En Nueva York no se pierde ningún paraíso, porque no lo hay y nunca  lo tendrán.

    Todos los  signos de los poemas que leyeron y las canciones que cantaron en su balcón, se fueron degradando muy lentamente en el espacio: “Déjame recorrer ese universo/ que conozco sin límites y fronteras,/ déjame descansar sobre tus pechos/ que calientan mi piel como una hoguera,/ déjame repasar tus accidentes,/ detenerme a palpar cada medida,/ humedecer tus ojos y tu frente/ y penetrar el fondo de tu vida...” (“Comienzo y final de una verde mañana”, de Pablo Milanés, que yace destrozada sobre el cielo de El Vedado.)

    Va pensado, entremedio,  en los nubarrones que chocan violentamente con las alas del avión a tres mil quinientos pies de altura, sintiendo sonidos estridentes, en forma preocupante y perturbadora. “Que lo absoluto cabe quizás solamente en el mundo de los sueños. Las estrellas, las violetas, las miradas, los pensamientos. Y el deseo de lo incondicional  encadena el sentimiento de la ansiedad trascendente, a fuerza de brillar fuera del alcance de nuestras manos”. Se tomó las últimas gotitas de ron que le quedaban, como si se empeñara en borrar su memoria, como si fuese un estorbo, y puso el vaso sobre la mesita con ruedas que arrastraba la azafata.

    Pero a Yahima la noche se le hizo tremenda, intranquila, desveladora de sueños que no lograba comprender del todo; la pena se alojaba  en lo más profundo de su corazón y anunciaba hacerlo trizas, aprisionándola cada vez más, como si quisiese ahogarla en un gemido incontrolable, la nostalgia prematura se hacía presente en forma despiadada. Se sirvió un magro desayuno y con un peine hacía surcos en su pelo, sabía que ya nadie la esperaba para acariciar sus cabellos. Y eso la ponía tremendamente triste.

    Bajó las escaleras de la casa, abrió la puerta y se echó a la calle, bajó la pequeña pendiente de la calle E, luego enfiló por la avenida 23 en dirección al Malecón, cruzó la plaza  caminando por vías comerciales muy concurridas a esa hora de la mañana, en una búsqueda en la que  concientemente perdió mucho tiempo, a pesar de conocer de antemano lo inútil del empeño, cuando se disponía a cruzar la avenida  de los Presientes, alguien le ofreció el periódico “Granma”, con las frescas noticias del nuevo día, lo compró para  entretener sus ojos vacíos a la orilla del mar, lo echó a su bolso y prosiguió abatida caminando parsimoniosamente.

    Cuando  se encontraba  a la orilla del mar, se dispuso  distraer sus  sentidos,  sentada en un banco. Sacó el diario adquirido,  miró la portada, y comenzó su lectura:

    “GRANMA”

     Sección Internacional

     “Se estrelló un Boeing 757-200 de Aeroperú. Hubo 70 muertos.”

          “Ciudad de la Habana,  03 de Octubre de 1996  (Prensa Latina). Un Boeing 757-200 de Aeroperú con 70 personas a bordo cayó hoy al Océano Pacífico frente al litoral, en el norte de Lima y se teme que no haya supervivientes. El gobierno peruano y ejecutivos de Aeroperú atribuyeron la causa del accidente a problemas técnicos, según informes preliminares”.

    No quería creer lo que leía, deseaba que todo fuese un mal sueño, porque en los sueños, el sentimiento desorientado asume una actitud pasiva;  de alguna manera, sabe que es un sueño y que al despertar de él, todo volverá a la normalidad.

    “En el avión viajaban pasajeros de 11 nacionalidades. Se informó taxativamente que 30 de las víctimas eran chilenos, 20 de Perú (incluyendo los nueve tripulantes), seis de México, cuatro de Estados Unidos, dos de Italia, dos de Gran Bretaña, dos de Ecuador, además de una víctima de Nueva Zelanda, España, Colombia y Venezuela, todos ratificados según sus pases de origen.”

    Sintió que sus piernas temblaban, y así continuó a lo largo de toda la calle del silencioso Malecón.

    “Los tres dispositivos de registro  básicos de vuelo de la aeronave, “caja negra”, dos en la cola y uno en la  cabeza, registraron los parámetros, altitud, velocidad, evolución de vuelo de la aeronave, además de recoger   el sonido ambiente. El dispositivo de cabeza que es el que mayor información debería aportar, ya que posee tres micrófonos en la cabina,  grabaron la última media hora de vuelo y específicamente de este accidente. El análisis de las cintas de grabación proveerá evidencias claves sobre las causas”.

    Yahima sintió palidecer y alcanzó a sentarse en un asiento cercano que le permitió proseguir con su lectura, a pesar de tener los ojos nublados por sus lágrimas. Lloró amargamente como si en ello se le fuese la vida,  pero se mantuvo en la lectura para encontrar un error, una esperanza.

    “Hemos escuchado las grabaciones captadas por  la torre de control, dijo la Ministra de Transportes, durante una entrevista concedida a una emisora local, y al parecer hubo un bloqueo en el sistema de la  computadora. Sin embargo, se escuchan las últimas palabras pronunciadas por el piloto, antes de que se interrumpieran las comunicaciones definitivamente: “Estoy bajando la fuerza de los motores, pero la nave sigue acelerada.” La Marina de Guerra peruana dijo que uno de sus aviones de búsqueda descubrió parte de los restos de la nave poco después de las 10:00 horas locales. Se divisaron un fuselaje blanco partido en dos flotando en el mar, a unos  60 kilómetros al oeste de la costa. No se han encontrado sobrevivientes. Otros trabajadores de rescate dijeron haber visto unos 10 cadáveres flotando en el mar durante un sobrevuelo por la zona donde ocurrió la tragedia. La esperanza de hallar sobrevivientes disminuyen con el paso de las horas, mientras helicópteros revisaban la zona aledaña al lugar del accidente y no encontraban más que manchas de aceite y objetos flotantes cercanos a la orilla que parecían ser piezas de equipaje. La aeronave partió de Cuba a las 11:00 horas locales, con destino a la capital de Santiago de Chile, con escala en Ecuador a las 14:00 horas, y posteriormente en  Perú a las 16.00 horas. Representantes de la empresa, informaron de problemas técnicos y pérdida de comunicaciones a las 14:00 horas, antes de que el piloto aparentemente intentara realizar un aterrizaje forzoso y consiguientemente se estrellara fuera de Pasamayo, a unas 54.06 millas al norte de la capital.

    ”El accidente es uno de los peores en la historia de la aviación peruana. Se dice que debido a una intensa neblina se ha impedido que embarcaciones de rescate y helicópteros pudieran iniciar la búsqueda rápidamente en el mar, mientras que trabajadores de rescate y periodistas se congregaron en Pasamayo tras el angustioso amanecer; familiares de las víctimas también llegaron al lugar: “Todavía hay esperanza. Hay esperanza”, dijeron, mientras fijaban sus miradas en  dirección a donde la aeronave supuestamente se había hecho añicos. Los trabajadores de rescate  colocaron luces a lo largo de la costa peruana, para que sirvan de referencia a personas que quisieran ubicarse en el mar. Pescadores que se encontraban en el mar al momento del impacto vieron un destello y luego escucharon un golpe seco, percatándose  de que una nave había caído”.

    Yahima comenzó a percibir levemente que sus ojos  comenzaban a humedecerse nuevamente, el “nunca más” del cual él había hablado indeterminadas veces, se hacía realidad. Dolorosamente cayó en cuenta que temblaba. Cuando terminó de leer el matutino, temblaba más aún. Presintió que desde ahora mismo comenzaba a eclipsarse indisolublemente  su vida, simultáneamente con todo lo que se encontraba a su  alrededor; tragó angustiosamente el aire a lo largo del mudo Malecón.

    Recordó que en la mañana Radio Reloj habló de un accidente en el Océano Pacífico y de muchos muerto, pero ella no puso atención a la noticia, siempre le hacía concientemente un desagravio a las tristes crónicas.

    Destrozada, desgarrada, sentía que su alma y  su corazón explotaban frente al oscuro Malecón. Enfadada y triste, pero enamorada, consideró que, después de todo, el tiempo se había ido muy rápido. Ahora lo más sensato, dentro de su gigantesco dolor, era regresar a casa y acostarse, adormecer su pena por siempre, y no despertar nunca más. Instintivamente echó a andar en dirección a  su casa, deseaba estar en un mal sueño, en el cual él pudiera aparecer, aunque luego continuara su viaje de cualquier manera, para revelar lo que debiera revelar; pero, en todo caso, aquel era el sueño de la tenebrosidad y el silencio; porque a la mañana siguiente se encontraría de sopetón con la realidad dándole en sus narices.

    A lo sumo, escuchaba a su paso algún rumor, un sonido, pasos mínimos, un remanente de olas en el muro del  Malecón; las últimas gotitas de colores que lanzaban los embates del mar. Nunca había sentido semejante congoja.  “¡Maldición, sí, maldición!”, se dijo. No bien cerró la puerta sintió deseos de volver a la calle, ahora mismo hubiera dado hasta los mismos jirones por huir, escapar... ¡lejos!, ¡lejos! Había tenido un día demasiado amargo. La casa solitaria y oscura; atravesó la sala, el largo pasillo hasta su alcoba, el cuarto que compartieron innumerables veces le pareció desmesuradamente grande.

    Se estiró sobre el diván. “¡Es sólo una casualidad, una absurda eventualidad! –se explicó para sí–. Estas cosas pasan. Hay indudablemente otras. ¡Pero ésta es una portentosa coincidencia del destino! ¡Qué sé yo! Un error. Algo.”  Y se derrumbó, estirando la cabeza hacia atrás con su pelo suelto.

    Desde la despedida en el aeropuerto, le andaba de sobremanera golpeando  el corazón. Hincó los codos en las rodillas y con las palmas de las manos se tapó la cara, luego se las descubrió; su rostro se puso a arrojar miradas extraviadas a los diversos rincones del cuarto, como anhelando que estuviera en algún rincón, y grito: “¡Muerto!” Se lo imaginó muerto, vestido con su traje azul, y lloró desconsoladamente sin poder detener su llanto, como un río caudaloso que jamás llegará al mar, vagando por entremedio de las rocas que lo van hiriendo a su paso.

    Así se quedó mirando el cielo indefinidamente, oyendo un rumor, el ruido del mar, poderoso y limpio, hasta quedarse dormida por interminables horas. El sonido del timbre telefónico, sonó insistentemente mientras el reloj de la pared deba las doce de la noche, se  sacudió el pelo de sus ojos, levantándose en forma perezosa avanzó hasta la puerta de su dormitorio como una sombra y se apoyó en el dintel, retrasando la contestación del auricular que le traería noticias del exterior; pero ya  no quería saber nada que le perturbara aún más su tristeza, tomó el auricular y escuchó una voz a lo lejos, cálida, atractiva..., que  le ocasionaba trabajo reconocerla y creerla. Eran la voz de él, que le anunciaba que el avión lo había perdido en el Aeropuerto de Quito, que no se preocupara, que pronto, muy pronto, regresaría junto a ella… Y se cortó la comunicación.

    Lo único notable que consiguió  expresar fue: “¡Dios mío!”, y se llevó las manos a la cara nuevamente, tal vez, para apartar todas las malas visiones que había tenido en los últimos tiempos.

    ¡Estaba vivo! ¡Estaba vivo! Y hasta, en efecto, lo olía. ¡Podía olerlo! Seguro, su perfume..., la piel. ¡No podía tocarlo! ¿Palparlo? Como en un cuadro de los que pintaba Yamir. El mismo aliento. ¡El aliento! No lo tenía a su lado, pero estaba vivo. ¡Vivo! Ella tenía razón; eran válidos sus argumentos. Una terrorífica casualidad. Coincidencias del destino. ¡No es natural!, es cierto, estas cosas no pasan. ¿Quién las va a admitir? Extravagancias que ocurren y que salen a cada rato en los periódicos se dijo.

A Yahima ya no le faltaban fantasías e ilusiones para seguir viviendo, y comenzó a llorar copiosamente, pero no de tristezas. “La perfección, la alegría y la dicha tienen alas en los astros cósmicos si uno lo quiere y desea con toda su alma”, pensó. No por eso están lejos de la realidad. Hay vidas imantadas -¿eso eres tú y yo?-, por  misterioso e imposible que a otros  les parezca, o no sospechen, o  no lo puedan percibir, y menos imaginar.

Cuento correspondiente al libro “Un Adiós en el Aeropuerto de la Habana”. publicado en diciembre del 2007


(c) Luís Eduardo Aguilera González - 2008.


Luis E. Aguilera   Luís Eduardo Aguilera González. La Serena, Chile.; (Valparaíso el 11 de febrero de 1957). Escritor Chileno, Narrador, Cronista, Crítico literario. Presidente de La Sociedad de Escritores de Chile (SECH), Filial Gabriela Mistral de la Región de Coquimbo 2006 - 2008.

      Ha publicado en diarios y revistas, regionales, nacionales e internacionales. Su extensa labor la ha canalizado en los géneros de, crónica, critica, ensayo y narrativa, mereciéndole ser incluido en varias Antologías. Se desempeño por muchos años como crítico y cronista literario en un sinnúmero de diarios del país: El Día de La Serena, La Región, La Tarde, El Siglo, El Ovallino, El Regional, Semanario Tiempo, y otros. Sus trabajos literarios los a presentado y publicado en Argentina, Cuba, Uruguay, Suecia, y diferentes ciudades de Nuestro País, ferias del libro, programas radiales. Creó la revista político Cultural “Vamos a Andar” sesenta ediciones con una tirada cuatrocientos ejemplares.

Dentro de sus muchos libros tenemos: “El ancho camino de la desolación” (2003) Impreso por Departamento de Publicaciones de la Universidad de La Serena, Chile “Un Adiós en el aeropuerto de la Habana”, (2007) Ediciones Leutun, Santiago, Chile. Libros Inéditos: -“Andacollo, Tierra de Magía” -“El Andén de los sueños".

(leer biografía completa aquí) 
 


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Presidente de La Sociedad de Escritores de Chile (SECH),
Filial Gabriela Mistral de la Región de Coquimbo, Periodo
2006 2008.
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