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Los
títulos de los libros de poesía de Juan Soto (Lima, 1965)
refieren a esa intensidad límite de la que brotaron sus
versos: Cárcel de mi ojo (1994), Morada diosa (1997) y
Palabra sobre los abismos (2005). En Airado verbo (Sol Negro
Editores, 2008) el poeta barranquino prosigue esta ruta,
cada vez más próxima, hacia la esencialidad de las cosas,
mediante ese choque de elementos (símbolos: cárcel/ ojo,
morada/ diosa, palabra/ abismo) del cual surge la llama de
su lírica. El verbo en el aire es ahora el que une tiempos,
espacios, lenguajes, tradiciones. En todos sus libros el
hecho poético de Soto es lo espiritual, como se dice de
Baudelaire, “porque la realidad de lo espiritual se
manifiesta como una especie de ausencia, permanece en
suspenso entre la nada y el ser. Lo espiritual es un ser que
tiene objetividad, identidad, pero no es una cosa, nunca
está del todo presente y del todo visible” (J.L.Herrera.
“Baudelaire, Una Vida Merecida”). “Amigo de calladas noches/
la vida es como tú dices/ aprender a estar vivos/ jugar a la
muerte/ y amanecer en las entrañas/ de los deseos no
cumplidos/ sostenidos de fes hechas jirones/ y almas
huyendo”, decía en Morada diosa. Espiritualidad y
trascendencia, y deseo como ausencia, que vemos también en
Palabra sobre los abismos: “Busco palabras/ Que sean más que
palabras/ Que hablen más que de sí mismas/ Provocadoras como
largos silencios/ Proferidos en la oscura mañana de los
deseos”.
Entre las diferentes propuestas desarrolladas en la década
del noventa ('espacios' como: la cotidianeidad, lo urbano
marginal, la metapoesía, la memoria familiar, etc.) está la
de Soto, muy ligada a la poesía del silencio. Parecería
insular o la de un rara avis, pero no, dado que podríamos
asociarla también —esta orientación hacia lo sublime,
trascendental y metafísico— con la poesía de José Pancorvo,
o con parte de lo producido por Josemari Recalde o por el
Grupo Inmanencia. Hacia el final de dicha década casi todas
estas diferentes vertientes desbocaron en una poesía más
reflexiva, algunos convirtiendo el lenguaje en sujeto
poético, otros buscando una nueva ética, y otros, con una
nueva mirada, volviendo hacia los grandes temas.
Airado verbo, se divide en tres estancias. En Multitudinario
espejo de sombras aun el poeta puede cantar la caída, entre
ruinas, poco queda en pie en este mundo apocalíptico que
sigue desmoronándose, de “despedazados dioses”: “Bosque
humano de ausencias/ De brazos que faltan/ De pavoroso
borde/ De raudas horas/ Que caen”. Y más adelante, como un
Dante ante el Infierno: “He dejado de tener Historia/ Vano
inquilino de sueños/ De pesadillas recurrentes/ De nombres
cifrados/ De muertes súbitas// Memoria de vasto dolor/ (…)
De pérdidas innombrables/ De epitafios en cada lágrima”. El
poeta, en medio del airado terror, ha cruzado el umbral y
describe el caos que lo rodea: “De ola repentina/ De dolor
infatigable/ Del grito desaforado del ojo/ Del quebrado paso
de la voz”. Son “fragmentos de Historia”, de su/ nuestra
Historia.
En Airado Verbo, segunda estancia, la lumbre poética emerge
como un ave fénix, “Poesía es una antorcha/ Enciende
palabras”, nos dice el poeta convertido —gracias al anhelo
hacia “la mujer que espera”, con ese “precipitado beso”— en
el “ileso amante”. La voz poética (profética: “De profecía
en los desolados muros”) se dirige ahora hacia un tú, cobra
realidad, porque ya no es ausencia el “enardecido verbo”, y
porque además “así como para Hegel no todo lo que existe ni
mucho menos, es real, por el mero hecho de existir, podemos,
a contrario sensu, señalar que no todo lo inexistente es
irreal, por el mero hecho de no existir” (J. Sabourín. Mito
y realidad en Federico García Lorca). El beso (“el tiempo a
dentelladas en un beso/ Ese obsceno ardor al pie del
abismo”) es la esperanza “Para acallar a la muerte” “Entre
los restos calcinados de la sombra”, en “El breve reino del
hombre/ Mientras amantes tiran como chanchos” “Entre olas
emputecidas de Tierra y de polvo”. Fragmentos del paraíso
esta vez, de una moralidad.
Galope de Tormentas es la cercanía y la lejanía con la
amada: “De todas las miradas/ De todas las preguntas/ Que
estallan y retornan/ Tras tu sombra/ Desbocada, inasible/
Destino hacia la quebrada/ Que mora airada en ti”. Puesto
que, como ya se dijo, “la realidad de lo espiritual se
manifiesta como una especie de ausencia”. Como el amor, que
llena y quita, la poesía desde su esencia, desde la médula,
tiene estos vaivenes. El movimiento ondulante, circular, del
amor, es el del verbo que ahora ha recobrado —colmado el
abismo— su sentido inicial: “tu piel más honda e
impenetrable/ Cede ante la grave voz de tus delirios/ Y te
extravías en la espesura de infinitos orgasmos/ Avezada flor
silvestre/ Irrefrenable efervescencia del instinto/ Colmas
abismos/ De deseo y hondura/ De esa humanidad pavorosa/ De
grito en llamas/ Ardiendo en mí/ Ola incesante/ En la
garganta del desierto/ Bramando sin fin”. He ahí la más
preciada revelación de la poesía, la que es capaz de
armonizar todo: los opuestos, lo alto y lo bajo, lo bello y
lo grotesco, lo fugaz y lo perenne.
Juan Soto ha dado un paso más en su onda pendular entre la
materialidad (las pasiones, los instintos, los cauces
históricos veladamente tratados, etc.) y lo metafísico (sus
indagaciones, digamos, en lo suprasensorial), y su poesía se
ha concentrado en los más finos sonidos de su lira.
Miguel Ildefonso
Portada del Sol, 3 de Agosto de 2008
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