Edición  - Internacional - 2,008 -   Lima-Perú
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Delfina Acosta

Asunción, Paraguay, 1956

A

Nacer Poeta


    

MUERTOS OBEDIENTES
Delfina Acosta
 

Pensativo lector: No me mueve sino la intención de acercarle una de las historias de mi niñez, para alejarlo de sus antojos y hacerlo reír (ojalá) con mis diabluras.
Se discute desde la antigüedad sobre la educación que a los niños hay que impartir ya en la casa como en los recintos públicos. Pues atienda usted, uno debe acercarse a los chicos como a las palomas, con delicadeza y ternura, para que no se espanten. Esa es la verdad.
Considere el lector mi mala crianza, pero sepa, antes de juzgarme, que mi existencia, como la de muchos niños del campo, ha sido feliz mediante la ignorancia de la buena conducta y del aseo.
Vivía en una casa grande, ubicada sobre una colina del pueblo, a pocos pasos de un camino de polvo que llevaba al cementerio.
Íbamos mis amigos y yo al camposanto, durante las siestas calurosas del verano. Allí hacíamos tumulto, que era la degeneración propiamente dicha de la infancia; nos pasábamos por alto a nosotros mismos y jugábamos a los poderes de los animales, lanzándonos gruñidos, rebuznos, rugidos, graznidos o ladridos, según las bestias que representábamos.
No le temíamos a los cuernos de las vacas, que solían pastar en la loma, y por malditos y por provocativos, les arrojábamos piedras en los cogotes. Con el tiempo, aquellos animales, al vernos llegar, se alejaban del lugar levantando polvareda.
No podíamos sentirnos contentos siguiendo las normas que rigen habitualmente los entretenimientos dentro de las habitaciones de un hogar. Es que crecimos en la distracción de los mayores, sin madre ni padre que nos castigaran, ni rogaran por nuestro destino.
Nos gustaba la comedia de los muertos obedientes.
De pie frente a la cruz mayor del cementerio, invocábamos a los espíritus del sitio, con amenazas de que si no salían a mostrarnos su pálida tez, o al menos su gusano, los condenaríamos a perpetua inmolación en el infierno.
- Que pase al frente Don Molinas - ordenaba yo.
Y Renato, con voz de muerto, si los muertos hablaran, contestaba: “En estos momentos estoy haciendo la siesta”.
Cuando nos enterábamos de que alguien había fallecido, ya estábamos junto a la fosa abierta, aguardando la llegada del cortejo fúnebre.
Nos producía fascinación observar la descompostura de algún pariente, que con los ojos en blanco, caía pesadamente sobre el suelo, para recuperarse después de ser arrastrado hasta la sombra de algún panteón donde le hacían oler perfume.
En una ocasión, Malú, quien siempre desayunaba aire, pues era esqueleto y barriga cargada de lombrices, largó un gas estruendoso mientras el cura párroco reflexionaba - solemnemente - sobre la paz de la vida después de la muerte. Recuerdo el silencio ofendido y espeso de los familiares del difunto ante la cruz mayor.

En fin, que éramos torcidos de mente, peligrosos y malvados, no lo sabíamos. Y si lo sabíamos, no alcanzábamos siquiera a considerar la razón de nuestra maldad, pues nos creíamos con derecho de librar las batallas y las guerras que se nos antojaran por el sólo hecho de ser niños.
El juego se justificaba, para nosotros, por el mismo juego. Nuestra ley era jugar por jugar.
Eso sí: las niñas nos fuimos haciendo finas, audaces y doctas en la hipocresía.
Un domingo por la mañana, Rosa y yo fuimos a conversar con la Madre Superiora del colegio de monjas de Villeta. “Quiero ser monjita porque San Antonio se me aparece en la pared de la letrina”, le dije a la religiosa, dándole codazos a mi amiga.
“Yo quiero conservarme virgen”, habló ella.
“Pero son muy pequeñas. ¿Están ustedes bien de la cabeza?” nos contestó la hermana Directora, advirtiendo nuestra caradurez.
“Mi mamá es atea. Dice que usted se besa con el cura, que no se baña nunca y que es chismosa”, recité. Entonces una bofetada me cambió el color de la cara.
Rosa Caballero partió a los quince años a la Argentina.
Ah... los recuerdos de mi niñez. Tan maldita que era. Tan mal intencionada. Tan lista para hacer pasar la fechoría por la buena intención.
Pero ahora vine a cambiar, parece.
En realidad no lo sé...
Tengo por sentado que al morir voy a reencontrarme con mis amigos de la infancia.
Nos veremos la cara y moriremos de la risa.

 

NACER POETA
DELFINA ACOSTA


Cuando el poeta fue a nacer el firmamento estaba como siempre, es decir, como cuando nacen los niños que una vez adultos serán boticarios, enfermeros, ascensoristas y vendedores de loterías.
El poeta se hizo grande.
Cierto es que le pasaron algunas cosas en la infancia: algún desamor de la madre siempre pendiente de la leche en el fuego, y la melancolía temprana que se filtraba por las ventanas de su habitación, desparramando sus cabellos sobre su frente.
La glorieta abandonada del parque, donde apenas prendían algunas flores y caminaban hormigas de lomo rojo, se convirtió, con el transcurso del tiempo, en la causa de su vida. A ese lugar semi abandonado, iba la perra preñada de la vecindad a parir y subían los mendigos para echar sobre sus rostros la claridad de la luna a la medianoche.
El poeta escribió versos sobre la glorieta.
Que sí, que eran hermosas sus columnas.
Que no, que la luna no era más bella que ella.

Que no, que sí.

Y escribió muchos versos saludables, por explicarlo de cierta manera.
Conviene decir que tenía un conocimiento pobre y desparejo de sus pares, de aquellos que habían publicado libros de tapa color sepia donde sobresalían caracteres en tono dorado, y este desconocimiento le trajo mundos distintos que ni siquiera alcanzaba a presentir. ¿Y por qué digo eso? Porque todo cuanto escribía le parecía digno.
Y se maravillaba sobremanera de escribir, del hecho de prolongar la fila de palabras y más palabras que le venían al corazón como la palpitación acompasada de una larga lluvia. Se entretenía formando con ellas, sobre las líneas del papel rayado, hileras zigzageantes de hormigas en constante movimiento.
Y si caía un relámpago ciego en medio de la noche, buscaba rápidamente un papel y un lápiz en el fondo oscuro de la habitación, para trazar el nombre de la mujer que amaba.
Y se sentía Dios.
Y las alas de Ícaro le crecían.
Y un día se encontró, cuando caminaba por las calles amarillas de su pueblo, con un profeta mayor.
Un profeta mayor es (conviene definirlo) un maestro, un poeta tocado por la gracia divina, un hombre venido al mundo para que todo aquel que lo conozca no se pierda por los caminos barrosos de la poesía profana mas tenga vida eterna.
El profeta le habló, mientras la lluvia caía mansamente sobre el pueblo, de la sonoridad de los versos.
Le recordó que la Poesía tiene las teclas afinadas del piano inglés del viejo salón, y las cuerdas de la guitarra amanecida junto al pecho viajero del gitano, y algo de la tristeza del violín callejero, y una pizca, un temblor de las sonajas de las fiestas, y mucho del sonido de guerra de los tambores arrastrados por la corriente de la historia, y un poco de aquel viento de campiña encerrado dentro de los espíritus de los sauces.
“Así cantarás mejor la armonía del mundo, porque la Poesía debe tener música, que viene a ser su gesto, casi la mirada de su rostro, ¿te das cuenta?”, dijo mientras tomaba un café espeso y fumaba un pucho.
Aquella primera lección parecía ser simplemente la expresión del cigarrillo y de la cafeína, y es probable que así fuera, pues se sentía relajado y feliz. Sin embargo, su discípulo sentía que dentro de su interior se estaban abriendo - violentamente - puertas que permitían la entrada de vientos desconocidos para él. Y esos vientos eran fríos y traían mensajes de aves nocturnas. Y el aroma de las clemátides que solían arrastrar se convirtió, o parecía convertirse ahora, en un olor de mar furioso, de olas altas que se alzaban sobre su propia furia para caer con un ruido de mundo empujado por la fuerza de los astros.
Escuchaba en silencio hablar al profeta, pero sentía que cientos de grillos estallaban en su cabeza.
“De haberlo sabido; Dios mío, de haberlo sabido”, se decía, aunque todavía se resistía a reconocer la culpa de su ignorancia.
“Pero ya estoy avisado”, se dijo, y entendió de golpe la Revelación.
Había cambiado su vida.
Ya nunca más la existencia de antes, aquel enamorarse un rato de alguna mujer de ojos azules que movía como teclas sus dedos si lo escuchaba decir, subido a la tarima de su arrogancia, sus poemas.
Sus pobres poemas que en su conjunto eran casi nada se le cayeron - aparatosamente - de su existencia.
Alguien barría en la calle.
“Nacer poeta es tan fiero, Dios del cielo”, le comentó entonces al profeta.
Y el profeta hizo no sé qué extraño gesto.

 

GUIA DEL CEMENTERIO
Delfina Acosta


Íbamos mis amigos y yo al cementerio, a menudo, durante la siesta.
En casa ya sabían que si estaba ausente, lo más seguro era que andaba de curiosidad por el camposanto, y se quedaban lo más tranquilos.
Si pudiéramos profanar las tumbas, lo haríamos, pues se hallaba a gusto en nuestra naturaleza el hábito del saqueo.
El enojo de los gatos monteses, en vista de que crecimos apaleados, nos guardaba de la doctrina católica que se enseñaba cada domingo a los niños en la parroquia de la iglesia Virgen del Rosario. Éramos pues, diablos.
Pero los panteones estaban a salvo de nuestros propósitos. Las puertas eran no sólo de metal pesado; estaban además cubiertas por rejados de hierro y cortinas oscuras.
En el interior, los cajones oficiaban de tálamos, donde dormían los muertos, a los que deseábamos ver.
¿Quiénes eran ellos? ¿A qué cosas y costumbres se dedicaban cuando la salud los hacía conversar y reir animadamente? ¿Estaban, acaso, en paz?
- No han sido gentes muy amadas por sus parientes - comentaba yo.
- ¿Por qué dices eso ?- me preguntaba Felicita; siempre mostraba curiosidad, si no debilidad por mis preguntas, pues sospechaba que había en ellas mentiras que deseaba sacudir a la luz del sol.
- Pues está claro. ¿No te das cuenta? ¿No lo ves? - contestaba.

Entonces les recordaba a mis amigos que cuando había entierros, los parientes se desmayaban, se arrancaban mechones de cabellos, amenazaban con dispararse un tiro a la cabeza, bajaban a la fosa recién abierta mientras juraban contra Dios.
En cuántas lápidas preciosas en un tiempo y luego convertidas en nidos de comadrejas, los enlutados parientes habían hecho grabar inscripciones que inspiraban lágrimas de fuego: “¡Madre: No te olvidaremos nunca!”.
“¡Amado esposo: Vivirás por siempre en el corazón de tu desconsolada esposa!”.
Les hacía pasear a mis amigos frente a esa literatura dramática escrita con letra gótica en las lápidas; yo era la guía de los sepulcros que hacía justicia a los olvidados.
“Pues bien. ¿Qué tenemos junto a estas tumbas sino costillas de gatos muertos, floreros vacíos y abandono...?” reflexionaba.
No hablaba en balde, por cierto. Junto a la estatua de una mujer abandonada como un sauce al llanto, crecía en abundancia la hiedra, cual segunda cabellera de la obra artística.
Una caravana de hormigas entraba por un pequeño orificio de un tronco podrido y venía a salir por la parte trasera del panteón, donde crecían en abundancia los musgos blancos.
¡Qué espectáculo grosero!
La rama de una higuera golpeaba, cuando el viento empezaba a soplar, la fotografía enmarcada en bronce de una dama muy joven y bella.
- ¿Qué le hace ya a esta difunta su fotografía en la pared del panteón, y el marco precioso, y el lujo de su morada, si nadie la visita ni siquiera en el día de todos los muertos? - seguía razonando.
- Y eso, ¿cómo lo sabes? - quería saber Felicita.
- Pues basta con observar el estado de la construcción. Este sitio, a sola vista muestra que hace años nadie pone un pie aquí. Las paredes muestran los ladrillos. Cuando mueres te quedas solo. Tus parientes se divierten de lo más lindo sin ti. Ya no les molestas con tu respiración asmática. Ya no les sobresaltas a la noche con la noticia de que la mierda viene en camino. Y si te descuidas no te recuerdan. Pero si se acuerdan de ti es para coincidir en que lo mejor que te pudo pasar es que hayas reventado - decía yo, satisfecha, y escupiendo, pues ésa era mi manera eficaz de poner fin a una oratoria.
Mis amigos me miraban felices. Aquella maldad que ellos tenían en algún lugar del pensamiento y que no sabían expresarla, salía muy bien pintada de mi boca.
Por lo demás, el escenario del cementerio se prestaba para conversaciones a propósito de olvidos y de un mundo infame.
Pero luego, cansada de mis maldades, me quedaba callaba. Era el tiempo de ellos. Y mientras les oía decir lo suyo, observaba cómo, lánguidamente, la siesta recorría los pasillos del cementerio. Y cómo los cuervos giraban alrededor de una vaca convertida en carroña, en la colina. Y cómo el viento movía el ramaje de los árboles del camposanto trayendo un ruido a alma que corre y se despeña...

 



 
      Delfina Acosta. Nació en Asunción, pero su infancia y su juventud pertenecen a Villeta, donde cursó sus estudios primarios y secundarios.

Su primer poemario Todas las voces, mujer... obtuvo el Primer Premio ‘Amigos del Arte‘. En relación con este libro cabe mencionar que el mismo figura entre las obras más consultadas de la Biblioteca Virtual de Cervantes.

Integró durante mucho tiempo el Taller de Poesía "Manuel Ortiz Guerrero" y dio a conocer algunas obras poéticas en publicaciones colectivas del citado Taller.

Publicó el poemario La cruz del colibrí, que lleva prólogo de la poetisa Gladys Carmagnola.

Reunió sus cuentos que obtuvieron premios y menciones en concursos literarios en el libro El viaje.

Su obra Romancero de mi pueblo ganó el segundo premio ‘Federico García Lorca‘. Romancero de mi pueblo lleva prólogo del crítico y poeta Hugo Rodríguez-Alcalá.

Su último libro, que edita Portal de poesía, lleva el nombre de Querido mío y es bestseller en Asunción, ha recibido el premio ‘Roque Gaona 2004‘.

Sus obras (cuentos y poesías ) están incluidas dentro de numerosas antologías nacionales y extranjeras.

Es columnista del diario ABC Color; hace comentarios literarios sobre los escritos de los poetas y narradores paraguayos en el Suplemento Cultural del mismo diario. Actualmente dirige el Taller de Poesía de la Universidad Iberoamericana.

El poemario Versos esenciales ( edición del autor ) de Delfina Acosta está dedicado a honrar íntegramente la memoria del poeta chileno Pablo Neruda. Fue presentado al público paraguayo en 2001, en la embajada de Chile en Paraguay. Varios ejemplares del poemario se encuentran en exposición permanente en la casa museo Isla Negra. El PEN Club del Paraguay otorgó al libro el Primer Premio destacando su elevado vuelo lírico y su lenguaje universal.

Es poetisa, cuentista, y crítica literaria. Actualmente hace reseñas sobre obras literarias nacionales y extranjeras para el diario ABC Color y dirige el Taller de Poesía de la Manzana de la Rivera. Su libro Todas las voces, mujer..., figura entre las obras más leídas del Portal de Cervantes (España).

Delfina Acosta agradece cualquier comentario sobre sus libros:

delfina@abc.com.py
 

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