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MUERTOS OBEDIENTES
Delfina Acosta
Pensativo lector: No me mueve sino la intención
de acercarle una de las historias de mi niñez,
para alejarlo de sus antojos y hacerlo reír
(ojalá) con mis diabluras.
Se discute desde la antigüedad sobre la
educación que a los niños hay que impartir ya en
la casa como en los recintos públicos. Pues
atienda usted, uno debe acercarse a los chicos
como a las palomas, con delicadeza y ternura,
para que no se espanten. Esa es la verdad.
Considere el lector mi mala crianza, pero sepa,
antes de juzgarme, que mi existencia, como la de
muchos niños del campo, ha sido feliz mediante
la ignorancia de la buena conducta y del aseo.
Vivía en una casa grande, ubicada sobre una
colina del pueblo, a pocos pasos de un camino de
polvo que llevaba al cementerio.
Íbamos mis amigos y yo al camposanto, durante
las siestas calurosas del verano. Allí hacíamos
tumulto, que era la degeneración propiamente
dicha de la infancia; nos pasábamos por alto a
nosotros mismos y jugábamos a los poderes de los
animales, lanzándonos gruñidos, rebuznos,
rugidos, graznidos o ladridos, según las bestias
que representábamos.
No le temíamos a los cuernos de las vacas, que
solían pastar en la loma, y por malditos y por
provocativos, les arrojábamos piedras en los
cogotes. Con el tiempo, aquellos animales, al
vernos llegar, se alejaban del lugar levantando
polvareda.
No podíamos sentirnos contentos siguiendo las
normas que rigen habitualmente los
entretenimientos dentro de las habitaciones de
un hogar. Es que crecimos en la distracción de
los mayores, sin madre ni padre que nos
castigaran, ni rogaran por nuestro destino.
Nos gustaba la comedia de los muertos
obedientes.
De pie frente a la cruz mayor del cementerio,
invocábamos a los espíritus del sitio, con
amenazas de que si no salían a mostrarnos su
pálida tez, o al menos su gusano, los
condenaríamos a perpetua inmolación en el
infierno.
- Que pase al frente Don Molinas - ordenaba yo.
Y Renato, con voz de muerto, si los muertos
hablaran, contestaba: “En estos momentos estoy
haciendo la siesta”.
Cuando nos enterábamos de que alguien había
fallecido, ya estábamos junto a la fosa abierta,
aguardando la llegada del cortejo fúnebre.
Nos producía fascinación observar la
descompostura de algún pariente, que con los
ojos en blanco, caía pesadamente sobre el suelo,
para recuperarse después de ser arrastrado hasta
la sombra de algún panteón donde le hacían oler
perfume.
En una ocasión, Malú, quien siempre desayunaba
aire, pues era esqueleto y barriga cargada de
lombrices, largó un gas estruendoso mientras el
cura párroco reflexionaba - solemnemente - sobre
la paz de la vida después de la muerte. Recuerdo
el silencio ofendido y espeso de los familiares
del difunto ante la cruz mayor.
En fin, que éramos torcidos de mente, peligrosos
y malvados, no lo sabíamos. Y si lo sabíamos, no
alcanzábamos siquiera a considerar la razón de
nuestra maldad, pues nos creíamos con derecho de
librar las batallas y las guerras que se nos
antojaran por el sólo hecho de ser niños.
El juego se justificaba, para nosotros, por el
mismo juego. Nuestra ley era jugar por jugar.
Eso sí: las niñas nos fuimos haciendo finas,
audaces y doctas en la hipocresía.
Un domingo por la mañana, Rosa y yo fuimos a
conversar con la Madre Superiora del colegio de
monjas de Villeta. “Quiero ser monjita porque
San Antonio se me aparece en la pared de la
letrina”, le dije a la religiosa, dándole
codazos a mi amiga.
“Yo quiero conservarme virgen”, habló ella.
“Pero son muy pequeñas. ¿Están ustedes bien de
la cabeza?” nos contestó la hermana Directora,
advirtiendo nuestra caradurez.
“Mi mamá es atea. Dice que usted se besa con el
cura, que no se baña nunca y que es chismosa”,
recité. Entonces una bofetada me cambió el color
de la cara.
Rosa Caballero partió a los quince años a la
Argentina.
Ah... los recuerdos de mi niñez. Tan maldita que
era. Tan mal intencionada. Tan lista para hacer
pasar la fechoría por la buena intención.
Pero ahora vine a cambiar, parece.
En realidad no lo sé...
Tengo por sentado que al morir voy a
reencontrarme con mis amigos de la infancia.
Nos veremos la cara y moriremos de la risa.
NACER POETA
DELFINA ACOSTA
Cuando el poeta fue a nacer el firmamento estaba
como siempre, es decir, como cuando nacen los
niños que una vez adultos serán boticarios,
enfermeros, ascensoristas y vendedores de
loterías.
El poeta se hizo grande.
Cierto es que le pasaron algunas cosas en la
infancia: algún desamor de la madre siempre
pendiente de la leche en el fuego, y la
melancolía temprana que se filtraba por las
ventanas de su habitación, desparramando sus
cabellos sobre su frente.
La glorieta abandonada del parque, donde apenas
prendían algunas flores y caminaban hormigas de
lomo rojo, se convirtió, con el transcurso del
tiempo, en la causa de su vida. A ese lugar semi
abandonado, iba la perra preñada de la vecindad
a parir y subían los mendigos para echar sobre
sus rostros la claridad de la luna a la
medianoche.
El poeta escribió versos sobre la glorieta.
Que sí, que eran hermosas sus columnas.
Que no, que la luna no era más bella que ella.
Que no, que sí.
Y escribió muchos versos saludables, por
explicarlo de cierta manera.
Conviene decir que tenía un conocimiento pobre y
desparejo de sus pares, de aquellos que habían
publicado libros de tapa color sepia donde
sobresalían caracteres en tono dorado, y este
desconocimiento le trajo mundos distintos que ni
siquiera alcanzaba a presentir. ¿Y por qué digo
eso? Porque todo cuanto escribía le parecía
digno.
Y se maravillaba sobremanera de escribir, del
hecho de prolongar la fila de palabras y más
palabras que le venían al corazón como la
palpitación acompasada de una larga lluvia. Se
entretenía formando con ellas, sobre las líneas
del papel rayado, hileras zigzageantes de
hormigas en constante movimiento.
Y si caía un relámpago ciego en medio de la
noche, buscaba rápidamente un papel y un lápiz
en el fondo oscuro de la habitación, para trazar
el nombre de la mujer que amaba.
Y se sentía Dios.
Y las alas de Ícaro le crecían.
Y un día se encontró, cuando caminaba por las
calles amarillas de su pueblo, con un profeta
mayor.
Un profeta mayor es (conviene definirlo) un
maestro, un poeta tocado por la gracia divina,
un hombre venido al mundo para que todo aquel
que lo conozca no se pierda por los caminos
barrosos de la poesía profana mas tenga vida
eterna.
El profeta le habló, mientras la lluvia caía
mansamente sobre el pueblo, de la sonoridad de
los versos.
Le recordó que la Poesía tiene las teclas
afinadas del piano inglés del viejo salón, y las
cuerdas de la guitarra amanecida junto al pecho
viajero del gitano, y algo de la tristeza del
violín callejero, y una pizca, un temblor de las
sonajas de las fiestas, y mucho del sonido de
guerra de los tambores arrastrados por la
corriente de la historia, y un poco de aquel
viento de campiña encerrado dentro de los
espíritus de los sauces.
“Así cantarás mejor la armonía del mundo, porque
la Poesía debe tener música, que viene a ser su
gesto, casi la mirada de su rostro, ¿te das
cuenta?”, dijo mientras tomaba un café espeso y
fumaba un pucho.
Aquella primera lección parecía ser simplemente
la expresión del cigarrillo y de la cafeína, y
es probable que así fuera, pues se sentía
relajado y feliz. Sin embargo, su discípulo
sentía que dentro de su interior se estaban
abriendo - violentamente - puertas que permitían
la entrada de vientos desconocidos para él. Y
esos vientos eran fríos y traían mensajes de
aves nocturnas. Y el aroma de las clemátides que
solían arrastrar se convirtió, o parecía
convertirse ahora, en un olor de mar furioso, de
olas altas que se alzaban sobre su propia furia
para caer con un ruido de mundo empujado por la
fuerza de los astros.
Escuchaba en silencio hablar al profeta, pero
sentía que cientos de grillos estallaban en su
cabeza.
“De haberlo sabido; Dios mío, de haberlo
sabido”, se decía, aunque todavía se resistía a
reconocer la culpa de su ignorancia.
“Pero ya estoy avisado”, se dijo, y entendió de
golpe la Revelación.
Había cambiado su vida.
Ya nunca más la existencia de antes, aquel
enamorarse un rato de alguna mujer de ojos
azules que movía como teclas sus dedos si lo
escuchaba decir, subido a la tarima de su
arrogancia, sus poemas.
Sus pobres poemas que en su conjunto eran casi
nada se le cayeron - aparatosamente - de su
existencia.
Alguien barría en la calle.
“Nacer poeta es tan fiero, Dios del cielo”, le
comentó entonces al profeta.
Y el profeta hizo no sé qué extraño gesto.
GUIA DEL
CEMENTERIO
Delfina Acosta
Íbamos mis amigos y yo al cementerio, a menudo,
durante la siesta.
En casa ya sabían que si estaba ausente, lo más
seguro era que andaba de curiosidad por el
camposanto, y se quedaban lo más tranquilos.
Si pudiéramos profanar las tumbas, lo haríamos,
pues se hallaba a gusto en nuestra naturaleza el
hábito del saqueo.
El enojo de los gatos monteses, en vista de que
crecimos apaleados, nos guardaba de la doctrina
católica que se enseñaba cada domingo a los
niños en la parroquia de la iglesia Virgen del
Rosario. Éramos pues, diablos.
Pero los panteones estaban a salvo de nuestros
propósitos. Las puertas eran no sólo de metal
pesado; estaban además cubiertas por rejados de
hierro y cortinas oscuras.
En el interior, los cajones oficiaban de
tálamos, donde dormían los muertos, a los que
deseábamos ver.
¿Quiénes eran ellos? ¿A qué cosas y costumbres
se dedicaban cuando la salud los hacía conversar
y reir animadamente? ¿Estaban, acaso, en paz?
- No han sido gentes muy amadas por sus
parientes - comentaba yo.
- ¿Por qué dices eso ?- me preguntaba Felicita;
siempre mostraba curiosidad, si no debilidad por
mis preguntas, pues sospechaba que había en
ellas mentiras que deseaba sacudir a la luz del
sol.
- Pues está claro. ¿No te das cuenta? ¿No lo
ves? - contestaba.
Entonces les recordaba a mis amigos que cuando
había entierros, los parientes se desmayaban, se
arrancaban mechones de cabellos, amenazaban con
dispararse un tiro a la cabeza, bajaban a la
fosa recién abierta mientras juraban contra
Dios.
En cuántas lápidas preciosas en un tiempo y
luego convertidas en nidos de comadrejas, los
enlutados parientes habían hecho grabar
inscripciones que inspiraban lágrimas de fuego:
“¡Madre: No te olvidaremos nunca!”.
“¡Amado esposo: Vivirás por siempre en el
corazón de tu desconsolada esposa!”.
Les hacía pasear a mis amigos frente a esa
literatura dramática escrita con letra gótica en
las lápidas; yo era la guía de los sepulcros que
hacía justicia a los olvidados.
“Pues bien. ¿Qué tenemos junto a estas tumbas
sino costillas de gatos muertos, floreros vacíos
y abandono...?” reflexionaba.
No hablaba en balde, por cierto. Junto a la
estatua de una mujer abandonada como un sauce al
llanto, crecía en abundancia la hiedra, cual
segunda cabellera de la obra artística.
Una caravana de hormigas entraba por un pequeño
orificio de un tronco podrido y venía a salir
por la parte trasera del panteón, donde crecían
en abundancia los musgos blancos.
¡Qué espectáculo grosero!
La rama de una higuera golpeaba, cuando el
viento empezaba a soplar, la fotografía
enmarcada en bronce de una dama muy joven y
bella.
- ¿Qué le hace ya a esta difunta su fotografía
en la pared del panteón, y el marco precioso, y
el lujo de su morada, si nadie la visita ni
siquiera en el día de todos los muertos? -
seguía razonando.
- Y eso, ¿cómo lo sabes? - quería saber
Felicita.
- Pues basta con observar el estado de la
construcción. Este sitio, a sola vista muestra
que hace años nadie pone un pie aquí. Las
paredes muestran los ladrillos. Cuando mueres te
quedas solo. Tus parientes se divierten de lo
más lindo sin ti. Ya no les molestas con tu
respiración asmática. Ya no les sobresaltas a la
noche con la noticia de que la mierda viene en
camino. Y si te descuidas no te recuerdan. Pero
si se acuerdan de ti es para coincidir en que lo
mejor que te pudo pasar es que hayas reventado -
decía yo, satisfecha, y escupiendo, pues ésa era
mi manera eficaz de poner fin a una oratoria.
Mis amigos me miraban felices. Aquella maldad
que ellos tenían en algún lugar del pensamiento
y que no sabían expresarla, salía muy bien
pintada de mi boca.
Por lo demás, el escenario del cementerio se
prestaba para conversaciones a propósito de
olvidos y de un mundo infame.
Pero luego, cansada de mis maldades, me quedaba
callaba. Era el tiempo de ellos. Y mientras les
oía decir lo suyo, observaba cómo,
lánguidamente, la siesta recorría los pasillos
del cementerio. Y cómo los cuervos giraban
alrededor de una vaca convertida en carroña, en
la colina. Y cómo el viento movía el ramaje de
los árboles del camposanto trayendo un ruido a
alma que corre y se despeña...
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